martes, 31 de julio de 2007

Capítulo 7: El testamento de Albus Dumbledore,Harry Potter y las reliquias de la muerte


Estaba caminando por una larga carretera de montaña a la fría luz azul del amanecer. Muy por debajo, envuelta en niebla, se veía la sombra de una pequeña ciudad. ¿Estaba el hombre al que buscaba ahí abajo, el hombre al que necesitaba tan desesperadamente que no podía pensar en nada más, el hombre que tenía la respuesta, la respuesta a su problema...?
-Eh, despierta.
Harry abrió los ojos. Estaba de nuevo tendido en la cama plegable del revuelto cuarto de Ron en el ático. El sol no había salido aún y la habitación estaba todavía oscura. Pigwidgeon estaba dormida con la cabeza bajo su diminuta ala. La cicatriz de la frente le dolía.
-Estabas murmurando en sueños.
-¿De verdad?
-Si, "Gregorovitch". Estabas diciendo "Gregorovitch".
Harry no llevaba puestas las gafas; veía la cara de Ron ligeramente borrosa.
-¿Quién es Gregorovitch?
-¿Y yo que sé? Eras tú el que lo estaba diciendo.
Harry se frotó la frente, pensando. Tenía la vaga sensación de haber oído el nombre antes, pero no podía pensar donde.
-Creo que Voldemort le está buscando.
-Pobre tipo -dijo Ron fervorosamente.
Harry se sentó, todavía frotándose la cicatriz, ahora totalmente despierto. Intentó recordar qué había visto exactamente en su sueño, pero todo lo que recordaba era un horizonte montañoso y la silueta de un pequeño pueblo acunado en un profundo valle.
-Creo que está en el extranjero.
-¿Quién, Gregorovitch?
-Voldemort. Creo que está en algún lugar del extranjero, buscando a Gregorovitch. No parecía ningún lugar de Gran Bretaña.
-¿Crees que estás viendo en su mente de nuevo?
Ron parecía preocupado.
-Hazme un favor y no se lo digas a Hermione -dijo Harry-. No sé como espera que deje de ver cosas en sueños...
Levantó la mirada hacia la pequeña jaula de Pidwidgeon, pensando... ¿Por qué el nombre "Gregorovitch” le era familiar?
-Creo -dijo lentamente-, que tiene algo que ver con el Quidditch. Hay alguna conexión, pero no se me ocurre... no se me ocurre cual pueda ser.
-¿Quidditch? -dijo Ron-. ¿Seguro que no estás pensando en Gorgovitch?
-¿Quién?
-Dragomir Gorgovitch, Guardián, traspasado a los Chudley Cannons por un record hace dos años. El record que mantiene es el de dejar caer más Quaffle en una temporada.
-No -dijo Harry-. Definitivamente no estoy pensando en Gorgovitch.
-Yo intento no hacerlo tampoco -dijo Ron-. Bueno, feliz cumpleaños, por cierto.
-Guau... ¡Tienes razón, lo olvidé! ¡Tengo diecisiete!
Harry agarró la varita posada en mesita junto a su cama plegable, apuntó al desordenado escritorio donde había dejado sus gafas, y dijo "¡Accio Gafas!". Aunque estaban a solo unos cuarenta centímetros de distancia, había algo inmensamente satisfactorio en verlas zumbar hacia él, al menos hasta que le pincharon el ojo.
-Muy astuto -bufó Ron.
Celebrando el levantamiento de su Rastro, Harry envió las posesiones de Ron a volar por la habitación, provocando que Pigwidgeon despertara y aleteara excitadamente en su jaula. Harry intentó también atarse los cordones de las zapatillas con magia (el resultado fue un nudo que llevó varios minutos desatar a mano) y, solo por el puro placer de hacerlo, cambió el naranja de las túnicas del poster de Ron de los Chudley Cannons por azul brillante.
-Yo que tu me subiría la cremallera con la mano -aconsejó Ron a Harry, resoplando cuando Harry lo hizo inmediatamente-. Aquí está tu regalo. Desenvuélvelo aquí, no es apto para los ojos de mi madre.
-¿Un libro? -dijo Harry mientras tomaba el paquete rectángulo-. Un poco alejado de la tradición, ¿verdad?
-Este no es un libro común -dijo Ron-. Es oro puro. Doce Formas Infalibles de Encantar a las Brujas. Explica todo lo que necesitas saber sobre las chicas. Si lo hubiera tenido el año pasado habría sabido exactamente como librarme de Lavender y tú habrías sabido como acabar con... Bueno, Fred y George me dieron una copia, y he aprendido mucho. Te sorprendería, no es aburrido en absoluto además.
Cuando llegaron a la cocina encontraron una pila de regalos esperando sobre la mesa. Bill y Monsieur Delacour estaban terminando su desayuno, mientras la Señora Weasley estaba de pie canturreando sobre la sartén.
-Arthur me dijo que te deseara felices diecisiete, Harry, -dijo la Señora Weasley, sonriéndole-. Tuvo que irse a trabajar temprano, pero volverá para la cena. Ese de encima es nuestro regalo.
Harry se sentó, tomó el paquete cuadrado que ella había indicado, y lo desenvolvió. Dentro había un reloj muy parecido al que el Señor y la Señora Weasley habían regalado a Ron por su decimoséptimo cumpleaños; era de oro, con estrellas en vez de manecillas.
-Es tradicional regalarle a un mago un reloj cuando llega a la mayoría de edad -dijo la Señora Weasley, observándole ansiosamente desde detrás de la cocina-. Me temo que este no es nuevo como el de Ron, en realidad era de mi hermano Fabián y él no es que fuera terriblemente cuidadoso con sus posesiones, está arañado por detrás, pero...
El resto de su discurso se perdió. Harry se había levantado y la abrazaba. Intentó poner un montón de cosas nunca dichas en el abrazo y quizás ella las entrendió, porque le palmeó la mejilla torpemente cuando la soltó, después ondeó su varita de forma ligeramente aleatoria, causando la caída de un trozo de beacon de la sartén al suelo.
-¡Feliz cumpleaños, Harry! -dijo Hermione, apresurándose a entrar en la cocina y añadiendo su propio regalo a la pila-. No es mucho, pero espero que te guste. ¿Qué le has regalado tú? -añadió para Ron, que pareció no oírla.
-¡Vamos, venga, abre el de Hermione! -dijo Ron.
Le había comprado un nuevo Chivatoscopio. Los otros paquetes contenían una hoja de afeitar encantada de Bill y Fleur ("Ah, si, esto te hagá el afeitado más suave que hayas disfgutado nunca", le aseguró Monsieur Delacour, "pero debes decigle clagamente lo que deseas... de otgo modo podgías encontgagte con menos pelo del que quisiegas..."), chocolates de los Delacour, y una enorme caja de lo último en artículos de "Sortilegios Weasley" de Fred y George.
Harry, Ron y Hermione no se demoraron en la mesa, cuando la llegada de Madame Delacour, Fleur y Gabrielle dejó la cocina incómodamente atestada.
-Yo te guardo esto en el equipaje -dijo Hermione alegremente, quitándole los regalos de los brazos mientras los tres se dirigían otra vez escaleras arriba-. Casi he acabado, solo estoy esperando a que el resto de vuestra ropa interior salga de la lavadora, Ron...
La estampida de Ron fue interrumpida por una puerta que se abrió en el descansillo del primer piso.
-¿Harry, te importaría venir un momento?
Era Ginny. Ron se detuvo bruscamente, pero Hermione le cogió del codo y tiró de él escaleras arriba. Nervioso, Harry siguió a Ginny al interior de su habitación.
Nunca antes había estado allí dentro. Era pequeña, pero brillante. Había un gran poster del grupo Las Brujas de Macbeth en una pared, y una foto de Gwenog Jones, Capitana del Equipo de Quiddith, solo de brujas, las Holyhead Harpies, en la otra. Un escritorio estaba colocado de cara a la ventana abierta, que daba al huerto donde una vez Ginny y él habían jugado un dos contra dos al Quidditch con Ron y Hermione, y que ahora estaba ocupado por una enorme y perlada carpa. La bandera dorada de lo alto estaba al nivel de la ventana de Ginny.
Ginny levantó la mirada hacia la cara de Harry, tomó un profundo aliento, y dijo.
-Felices diecisiete.
-Si... gracias.
Ella le miraba firmemente; él sin embargo, encontraba difícil devolverle la mirada, era como contemplar una luz brillante.
-Bonita vista -dijo débilmente, señalando hacia la ventana.
Ella lo ignoró. No podía culparla.
-No se me ocurrió qué regalarte -dijo
-No tenías que regalarme nada.
Ella hizo caso omiso de eso también.
-No sabía que sería útil. Nada demasiado grande, porque si no, no podrías llevarlo contigo.
Se arriesgó a mirarla. No estaba llorando; esa era una de las cosas más maravillosas de Ginny, raramente lloraba. En ocasiones había pensado que tener seis hermanos debía haberla endurecido.
Dio un paso hacia él.
-Así que después pensé, que me gustaría que tuvieras algo para recordarme, ya sabes, por si conoces a alguna veela cuando estés por ahí haciendo lo que sea que vayas a hacer.
-No creo que las oportunidades de ligar vayan a estar a la orden del día, para serte sincero.
-Ahí es adonde quería llegar -susurró ella, y entonces le besó como nunca le había besado antes, y Harry le estaba devolviendo el beso, y ese extasiado olvido fue mejor que el whisky de fuego; ella era la única cosa real en el mundo, Ginny, su sensación, la mano que tenía en su espalda y la otra en su largo y oloroso pelo...
La puerta se abrió de golpe tras ellos y se separaron de un salto.
-Oh -dijo Ron mordazmente-. Lo siento.
-¡Ron! -Hermione estaba justo tras él, ligeramente sin aliento. Se hizo un silencio tenso, y luego Ginny digo con una vocecita seria,
-Bueno, feliz cumpleaños de cualquier modo, Harry.
Las orejas de Ron estaban de color escarlata; Hermione parecía nerviosa. Harry deseó estamparles la puerta en la cara, pero daba la sensación de que una corriente fría había entrado en la habitación cuando la puerta se abrió, y su brillante momento había estallado como una burbuja de jabón. Todas las razones para terminar su relación con Ginny, para dejarla al margen, parecían haberse colado en la habitación con Ron, y toda su feliz amnesia había desaparecido.
Miró a Ginny, deseando decir algo, aunque difícilmente sabía qué, pero ella le había vuelto la espalda. Pensó que podría haber sucumbido, por una vez, a las lágrimas. No podía hacer nada por consolarla delante de Ron.
-Te veo luego -dijo, y siguió a los otros dos fuera del dormitorio.
Ron marchó escaleras abajo, a través de la todavía atestada cocina y hasta el patio, y Harry le mantuvo el paso todo el camino, con Hermione trotando junto a ellos con aspecto un poco asustado.
Una vez alcanzaron la soledad del césped recién cortado, Ron se volvió hacia Harry.
-La dejaste. ¿Qué estás haciendo ahora, rondándola?
-No la estoy rondando, -dijo Harry, cuando Hermione les alcanzaba.
-Ron...
Pero Ron alzó una mano para silenciarla.
-Estaba realmente echa polvo cuando terminásteis...
-También yo. Sabes por qué terminé con ella, y no fue porque que yo quisiera.
-Si, pero ahora vas y la besas y va a hacerse ilusiones otra vez...
-No es idiota, sabe que no puede ser, no espera que acabemos... que acabemos casándonos, o...
Al decirlo, en la mente de Harry tomó forma una vívida imagen de Ginny, con un vestido blanco, casándose con un desconocido alto, desagradable y sin cara.
En un vertiginoso momento pareció golpearle. El futuro de ella estaba libre y sin trabas, mientras que el suyo... él no podía ver delante nada más que a Voldemort.
-Si sigues tonteando con ella a cada oportunidad que tienes...
-No volverá a ocurrir -dijo Harry severamente. El día estaba despejado, pero él sentía como si el sol hubiera desaparecido-. ¿Vale?
Ron parecía medio resentido, medio tímido; se meció adelante y atrás sobre sus pies por un momento, después dijo
-Bien entonces, bien, esto... si.
Ginny no buscó otro encuentro a solas con Harry durante el resto del día, ni con una mirada o gesto demostró que habían compartido algo más que una cortés conversación en su habitación. No obstante, la llegada de Charlie fue un alivio para Harry. Proporcionó una distracción observar a la Señora Weasley mientras forzaba a Charlie a sentarse en una silla, alzaba su varita amenazadoramente, y anunciaba que estaba a punto de obtener un apropiado corte de pelo.
Como la cena de cumpleaños de Harry había estado más allá de la capacidad de la cocina incluso antes de la llegada de Charlie, Lupin, Tonks, y Hagrid, se habían colocado varias mesas al fondo del jardín. Fred y George habían embrujado un buen número de linternas púrpura todas engalanadas con un gran número 17, que colgaban en el aire sobre los invitados. Gracias a los cuidados de la Señora Weasley, la herida de George estaba pulcra y limpia, pero Harry no se acostumbraba aún al agujero negro en el costado de su cabeza, a pesar de que los gemelos hacían muchas bromas al respecto.
Hermione hizo que grandes carteles de púrpura y oro irrumpieran del extremo de su varita y se colgasen a sí mismos artísticamente sobre los árboles y arbustos.
-Bonito -dijo Ron, cuando con una floritura final de la varita, Hermione cambió las hojas del manzano a dorado-. Realmente tienes ojo para este tipo de cosas.
-¡Gracias, Ron!, -dijo Hermione, pareciendo a la vez complacida y un poco confusa. Harry se alejó, sonriendo para sí mismo. Tenía la curiosa impresión de que descubriría un capítulo de cumplidos cuando encontrara tiempo para estudiar atentamente su copia de Doce Formas Infalibles de Encantar a una Bruja; captó la mirada de Ginny y le sonrió antes de recordar su promesa a Ron y apresurarse a entablar conversación con Monsieur Delacour.
-¡Fuera de mi camino, fuera de mi camino! -cantaba la Señora Weasley, atravesando la puerta con lo que parecía ser una Snitch gigante del tamaño de un balón de playa delante de ella. Segundo después Harry comprendió que era su pastel de cumpleaños, que la Señora Weasley estaba sujetando con su varita, en vez de arriesgarse a cargar con él por terreno accidentado. Cuando el pastel hubo aterrizado finalmente en medio de la mesa, Harry dijo,
-Tiene un aspecto asombroso, Señora Weasley.
-Oh, no es nada, querido, -dijo ella cariñosamente. Sobre su hombro, Ron alzó el pulgar hacia Harry y formó con la boca las palabras "Muy buena esa".
A las siete en punto todos los invitados habían llegado, conducidos a la casa por Fred y George, que los esperaban al final de la senda. Hagrid había honrado la ocasión vistiendo su mejor y más horrible traje marrón. Aunque Lupin sonreía cuando estrechó la mano de Harry, Harry pensó que parecía bastante infeliz. Era todo muy raro; Tonks, a su lado, parecía sencillamente radiante.
-Feliz cumpleaños, Harry, -dijo, abrazándole firmemente.
-¡Diecisiete, eh! -dijo Hagrid mientras aceptaba un vaso, del tamaño de un cubo, de Fred-. Seis años desde el día en que nos conocimos, Harry, ¿recuerdas?
-Vagamente, -dijo Harry, sonriéndole- ¿No derribaste la puerta principal, le pusiste a Dudley una cola de cerdo, y me dijiste que era un mago?
-Había olvidado los detalles -rió Hagrid con satisfacción-. ¿Todo bien, Ron, Hermione?
-Estamos bien, -dijo Hermione-. ¿Y tú?
-Ah, no está mal. Ocupado, tenemos unicornios recién nacidos. Os los mostraré cuando volváis. -Harry evitó las miradas de Ron y Hermione mientras Hagrid rebuscaba en su bolsillo-. Aquí tienes, Harry... no se me ocurría qué regalarte, pero entonces recordé esto. -Sacó una bolsilla ligeramente peluda que se cerraba con un largo cordel, que evidentemente servía para llevarla al cuello-. Piel de topo. Oculta cualquier cosa en ella pero solo su propietario puede sacarlas. Son raras.
-¡Hagrid, gracias!
-No es nada, -dijo Hagrid, ondeando su mano del tamano de la tapa de un cubo de basura.-. ¡Ahí está Charlie! Siempre me ha gustado Charlie... ¡ey! ¡Charlie!
Charlie se aproximó, pasándose la mano ligeramente pesaroso sobre su nuevo y brutalmente corto rapado. Era más bajo que Ron, ancho, con una gran número de quemaduras y arañazos en sus musculosos brazos.
-Hola, Hagrid, ¿cómo va?
-Bien para los tiempos que corren. ¿Cómo le va a Norberto?
-¿Norberto? -rió Charlie-. ¿El Colacuerno Noruego? Ahora la llamamos Norberta.
-¿Qué... Norberto es una chica?
-Oh, si, -dijo Charlie
-¿Cómo lo sabes? -preguntó Hermione
-Son mucho más crueles -dijo Charlie. Miró sobre su hombro y dejó caer la voz-. Desearía que Papá se diera prisa y llegara ya. Mamá se está poniendo de los nervios.
Todos miraron a la Señora Weasley, que estaba intentando hablar con Madame Delacour mientras lanzaba continuamente miradas hacia la verja.
-Creo que mejor empezamos sin Arthur -gritó hacia el jardín después de un momento o dos-. ¡Debe haberse entretenido... oh!
Todos lo vieron al mismo tiempo, una ráfaga de luz que llegaba volando por el patio y hasta la mesa, donde tomó la forma de una comadreja de plata brillante, que se puso en pie sobre las patas traseras y habló con la voz del Señor Weasley.
-El Ministro de Magia viene conmigo.
El Patronus se disolvió en el aire, dejando a la familia de Fleur mirando atónita el lugar donde se había desvanecido.
-Nosotros no deberíamos estar aquí, -dijo Lupin al instante-. Harry... lo siento... te lo explicaré en otro momento...
Agarró la muñeca de Tonks y se la llevó; alcanzaron la valla, la escalaron, y se perdieron de vista. La Señora Weasley parecía desconcertada.
-El Ministro... ¿pero por qué...? No entiendo...
Pero no hubo tiempo de discutir la cuestión; un segundo después, el Señor Weasley había aparecido de la nada en la verja, acompañado por Rufus Scrimgeour, instantáneamente reconocible por su melena de pelo grisáceo.
Los dos recién llegados caminaron por el patio hacia el jardín y la mesa iluminada por linternas, donde todo el mundo estaba sentado en silencio, observándoles acercarse. Cuando Scrimgeour llegó al alcance de la luz de las linternas, Harry vio que parecía mucho más viejo que la última vez que se habían visto, flacucho y sombrío.
-Lamento la intrusión -dijo Scrimgeour, mientras cojeaba para detenerse ante la mesa-. Especialmente cuando veo que estoy aguando una fiesta.
Sus ojos se posaron un momento en el pastel con forma de Snitch gigante.
-Muchas felicidades.
-Gracias -dijo Harry.
-Debo tener unas palabras en privado contigo, -siguió Scrimgeour-. También con el Señor Ronald Weasley y la Señorita Hermione Granger.
-¿Nosotros? -dijo Ron, que sonaba sorprendido-. ¿Por qué nosotros?
-Se lo diré cuando estemos en algún lugar más privado -dijo Scrimgeour-. ¿Hay un lugar semejante? -exigió al Señor Weasley.
-Si, por supuesto, -dijo el Señor Weasley, que parecía nervioso-. El, er, salón, ¿por qué no allí?
-Puede usted mostrarme el camino – le dijo Scrimgeour a Ron-. No habrá necesidad de que nos acompañes, Arthur.
Harry vio que el Señor Weasley intercambiaba una mirada preocupada con la Señora Weasley mientras él, Ron y Hermione se ponían en pie. Mientras se dirigían de vuelta a la casa en silencio, Harry sabía que los otros dos estaban pensando lo mismo que él; Scrimgeour debía haber averiguado de algún modo que los tres estaban planeando dejar Hogwarts.
Scrimgeour no habló mientras todos pasaban a través de la revuelta cocina al salón de la Madriguera. Aunque el jardín había estado lleno de la suave luz dorada de la tarde, allí ya estaba oscuro. Harry ondeó su varita hacia las lámparas de aceite mientras entraba y estas iluminaron la desgastada pero acogedora habitación. Scrimgeour se sentó en el sillón hundido que normalmente ocupaba el Señor Weasley, dejando a Harry, Ron y Hermione intentando encajarse lado a lado en el sofá. Una vez lo hubieron hecho, Scrimgeour habló.
-Tengo algunas preguntas para vosotros tres, y creo que será mejor si lo hacemos individualmente. Si vosotros dos... -señaló a Harry y Hermione-.... esperáis arriba, empezaré con Ronald.
-No vamos a ninguna parte -dijo Harry, mientras Hermione asentía vigorosamente-. Puede hablarnos juntos, o nada en absoluto.
Scrimgeour lanzó a Harry una fría y calculadora mirada. Harry tuvo la impresión de que el Ministro se estaba preguntando si valía la pena o no abrir las hostilidades tan pronto.
-Muy bien entonces, juntos -dijo, encogiéndose de hombros. Se aclaró la garganta-. Estoy aquí, como seguramente sabréis, por el testamento de Albus Dumbledore.
Harry, Ron y Hermione se miraron unos a otros.
-¡Una sorpresa, aparentemente! ¿No erais conscientes de que Dumbledore os había dejado algo?
-¿A todos? -dijo Ron-. ¿A Hermione y a mí también?
-Si, a todos...
Pero Harry interrumpió.
-Dumbledore murió hace un mes. ¿Por qué ha tardado tanto en darnos lo que nos dejó?
-¿No es obvio? -dijo Hermione, antes de que Scrimgeour pudiera responder-. Querían examinar lo que sea que nos dejó. ¡No tenía derecho a hacer eso! -dijo, y su voz tembló ligeramente.
-Tenía todo el derecho, -dijo Scrimgeour despectivamente-. El Decreto para la Confiscación Justificada da al Ministerio poder para confiscar el contenido de un testamento...
-¡Esa ley fue creada para evitar que los magos legaran artefactos Oscuros -dijo Hermione- y se supone que el Ministerio debe tener una prueba poderosa de que las posesiones heredadas son ilegales antes de confiscarlas!
-¿Está planeando seguir una carrera en Leyes Mágicas, Señorita Granger? -añadió Scrimgeour.
-No, en absoluto, -replicó Hermione-. ¡Espero hacer algo bueno para el mundo!
Ron rió. Los ojos de Scrimgeour se fijaron en él y una vez más Harry habló.
-¿Y por qué ha decidido darnos nuestras cosas ahora? ¿No se le ocurrió un pretexto para quedárselas?
-No, será porque los treinta y un días han transcurrido -dijo Hermione al momento-. No pueden confiscar los objetos más tiempo a menos que puedan probar que son peligrosos, ¿Correcto?
-¿Diría usted que estaba muy unido a Dumbledore, Ronald? -preguntó Scrimgeour, ignorando a Hermione. Ron pareció sobresaltarse.
-¿Yo? No... en realidad no... fue siempre Harry quien...
Ron miró alrededor, a Harry y Hermione, para ver como Hermione le lanzaba una mirada del tipo deja-de-hablar-¡ya!, pero el daño estaba hecho. Scrimgeour pareció haber oído exactamente lo que esperaba, y deseaba, oír. Se abalanzó como un ave de presa sobre la respuesta de Ron.
-Si no estaba unido a Dumbledore, ¿cómo explica el hecho de que le mencionara en su testamento? Hizo excepcionalmente pocos legados personales. La gran mayoría de sus posesiones... su biblioteca privada, sus instrumentos mágicos, y otros efectos personales... se legaron a Hogwarts. ¿Por qué cree que fue usted distinguido?
-Yo... supongo -dijo Ron- Yo... cuando dije que no estábamos unidos... quiero decir, creo que yo le gustaba...
-Para ser honestos, Ron -dijo Hermione-, Dumbledore estaba muy encariñado contigo.
Esto era estirar la verdad hasta el punto de fractura; por lo que Harry sabía, Ron y Dumbledore nunca habían estado juntos a solas, y el contacto directo entre ellos había sido insignificante. Sin embargo, Scrimgeour no parecía estar escuchando. Metió la mano dentro del abrigo y extrajo una bolsita cerrada con un cordel mucho mayor que la que Hagrid había regalado a Harry. De ella, sacó un rollo de pergamino que desenrolló y leyó en voz alta.
-Última Voluntad y Testamento de Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore... Si, aquí esta.... A Ronald Bilius Weasley, le dejo mi Desiluminador, con la esperanza de que me recordará cuando lo utilice.
Scrimgeour sacó de la bolsa un objeto que a Harry le pareció haber visto antes. Se parecía ligeramente a un encendedor, pero tenía, él lo sabía, el poder de succionar toda luz de un lugar, y restaurarla, con un simple click. Scrimgeour se inclinó hacia adelante y le pasó el Desiluminador a Ron, que lo tomó y le dio vueltas entre los dedos con aspecto atontado.
-Es un objeto de gran valor -dijo Scrimgeour, observando a Ron- Puede incluso que único. Indudablemente es un diseño del mismo Dumbledore. ¿Por qué le dejaría a usted algo y además un artículo tan raro?
Ron sacudió la cabeza, parecía desconcertado.
-Dumbledore debe haber enseñado a miles de estudiantes -perseveró Scrimgeour-. Pero a los únicos que recordó en su testamento fue a vosotros tres. ¿Por qué? ¿Qué uso pensó que daría usted al Desiluminador, Señor Weasley?
-Apagar las luces, supongo, -masculló Ron-. ¿Qué más podría hacer con él?
Evidentemente Scrimgeour no tenía ninguna sugerencia. Después de mirar de reojo a Ron durante un momento o dos, volvió de nuevo al testamento de Dumbledore.
-A Hermione Jean Granger, le dejo mi copia de Los Cuentos de Beedle el Bardo, con la esperanza de que la encontrará entretenida e instructiva.
Scrimgeour sacó ahora de la bolsa un pequeño libro que parecía tan antiguo como la copia de Secretos de las Artes Más Oscuras que había arriba. Sus tapas estaban manchadas y peladas en ciertos lugares. Hermonie lo aceptó de Scrimgeour sin una palabra. Sostuvo el libro en su regazo y lo miró fijamente. Harry vio que el título estaba en runas; él nunca había aprendido a leerlas. Mientras miraba, una lágrima cayó sobre el símbolo grabado en relieve.
-¿Por qué cree que Dumbledore le dejó ese libro, Señorita Granger? -preguntó Scrimgeour.
-Él... sabía que me gustan los libros -dijo Hermione con voz llorosa, limpiándose los ojos con la manga.
-¿Pero por qué este libro en particular?
-No sé. Debe haber pensado que me gustaría.
-¿Alguna vez discutió sobre códigos, o cualquier forma de pasar mensajes secretos, con Dumbledore?
-No, no lo hice, -dijo Hermione, todavía limpiándose los ojos con la manga-. Y si el Ministerio no ha podido encontrar ningún código oculto en este libro en treinta y un días, dudo que yo pueda.
Contuvo un sollozo. Estaban tan apretados en el sofá que Ron tuvo dificultades para extraer el brazo y ponerlo alrededor de los hombros de Hermione. Scrimgeour volvió al testamento.
-A Harry James Potter -leyó, y las entrañas de Harry se contrajeron con una súbita excitación-. le dejo la Snitch que cogió en su primer partido de Quidditch en Hogwarts, como recordatorio de las recompensas de la perseverancia y habilidad.
Mientras Scrimgeour sacaba la diminuta bola dorada del tamaño de una nuez, sus alas doradas revolotearon bastante febrilmente, y Harry no pudo evitar sentir una definitiva sensación de anticlímax.
-¿Por qué le dejó Dumbledore esta Snitch? -preguntó Scrimgeour.
-Ni idea -dijo Harry-. Por las razones que acaba de leer, supongo... para recordarme lo que puedes conseguir si... perseveras y todo eso.
-¿Crees que es un mero recuerdo simbólico entonces?
-Supongo -dijo Harry-. ¿Qué más podría ser?
-Yo hago las preguntas -dijo Scrimgeour, moviendo su asiento un poco hacia el sofá. Fuera, el atardecer ya estaba cayendo, la carpa más allá de la ventana se erguía fantasmalmente blanca sobre los setos.
-He notado que su pastel de cumpleaños es una Snitch -dijo Scrimgeour a Harry-. ¿Por qué?
Hermione rió despectivamente.
-Oh, puede ser una referencia al hecho de que Harry es un gran Buscador, eso es bastante obvio -dijo-. ¡Debe haber un mensaje secreto de Dumbledore escondido en el glaseado!
-No creo que haya nada oculto en el glaseado, -dijo Scrimgeour-, pero una Snitch sería un muy buen lugar para ocultar un objeto pequeño. ¿Sabes por qué, verdad?
Harry se encogió de hombros. Hermione, sin embargo, respondió. Harry creía que eso de responder preguntas era un hábito tan profundamente innato en ella que no podía contener la urgencia.
-Porque las Snitch tienen memoria -dijo ella.
-¿Qué? -dijeron Harry y Ron juntos; ambos consideraban que los conocimientos de Hermione sobre Quidditch eran insignficantes.
-Correcto -dijo Scrimgeour-. Una Snitch no es tocada con las manos desnudas antes de soltarla, ni siquiera el fabricante, que lleva guantes. Lleva un encantamiento mediante el cual puede identificar al primer humano que posa sus manos en ella, para casos de capturas disputadas. Esta Snitch -sostuvo en alto la diminuta bola dorada- recordará tu tacto, Potter.
-Se me ocurre que Dumbledore, que tenía prodigiosas habilidades mágicas, a pesar de otros defectos, podría haber encantado esta Snitch para que se abriera solo para ti.
El corazón de Harry estaba latiendo bastante rápido. Estaba seguro de que Scrimgeour tenía razón. ¿Cómo evitar coger la Snitch con las manos desnudas delante del Ministro?
-No dices nada -dijo Scrimgeour-. ¿Quizás ya sabes lo que contiene la Snitch?
-No, -dijo Harry, todavía preguntándose como podía fingir tocar la Snitch sin hacerlo realmente. Si al menos supiera Legilemencia, si la dominara realmente, y pudiera leer la mente de Hermione; prácticamente podía oir como zumbaba su cerebro tras él.
-Cógela -dijo Scrimgeour tranquilamente.
Harry encontró la mirada de los ojos amarillos de Ministro y supo que no tenía más opción que obedecer. Extendió la mano, Y Scrimgeour se inclinó hacia adelante de nuevo y colocó la Snitch lenta y deliberadamente, en la palma de Harry.
No ocurrió nada. Cuando los dedos de Harry se cerraron alrededor de la Snitch, las cansadas alas revolotearon y se quedó quieta. Scrimgeour, Ron y Hermione continuaron mirando ávidamente a la ahora parcialmente oculta bola, como si todavía esperaran que pudiera transformarse de algún modo.
-Eso ha sido dramático -dijo Harry serenamente. Ron y Hermione rieron.
-Eso es todo entonces, ¿verdad? -preguntó Hermione, desatascándose del sofá.
-No del todo -dijo Scrimgeour, que ahora parecía de mal humor-. Dumbledore te dejó un segundo legado, Potter.
-¿Qué es? -preguntó Harry, la excitación se reavivó.
Scrimgeour no se molestó en leer el testamento esta vez.
-La espada de Godric Gryffindor -dijo. Hermione y Ron se tensaron. Harry miró alrededor buscando una señal de la empuñadura incrustada de rubíes, pero Scrimgeour no sacó la espada de la bolsa de cuero, que en cualquier caso parecía demasiado pequeña para contenerla.
-¿Y dónde está? -preguntó Harry suspicazmente.
-Desafortunadamente -dijo Scrimgeour- esa espada no era de Dumbledore para regalarla. La espada de Godric Gryffindor es un importante artefacto histórico, y como tal, pertenece a...
-¡Pertenece a Harry! -dijo Hermione acaloradamente-. Ella le eligió a él, él fue quien la encontró, salió para él del Sombrero Selec...
-De acuerdo con fuentes históricas de confianza, la espada puede presentarse para cualquier Gryffindor digno, -dijo Scrimgeour-. Eso no la hace de la exclusiva propiedad del Señor Potter, fuera lo que fuera lo que Dumbledore decidiera.-Scrimgeour se rascaba su mal afeitada mejilla, escudriñando a Harry-. ¿Por qué crees...?
-¿... que Dumbledore quiso darme a mí la espada? -dijo Harry, luchando por contener su temperamento-. Quizás pensó que quedaría bien en mi pared.
-¡Esto no es una broma, Potter! -gruñó Scrimgeour-. ¿Fue porque Dumbledore creía que solo la espada de Godric Gryffindor podría derrotar al Heredero de Slytherin? ¿Quiso darte la espada, Potter, porque creía, como tantos otros, que tú eras el destinado a destruir a Quien-no-debe-ser-nombrado?
-Interesante teoría -dijo Harry-. ¿Alguien ha intentado atravesar a Voldemort con una espada? Quizás el Ministerio debería poner a alguna gente a ello, en vez de malgastar su tiempo examinando Desiluminadores y encubriendo fugas de Azkaban. ¿Eso es lo que ha estado haciendo, Ministro, encerrado en su oficina, intentando abrir a la fuerza una Snitch? La gente está muriendo... yo casi fui uno de ellos... Voldemort me persiguió a través de tres condados, mató a Ojoloco Moody, pero ni una palabra sobre eso desde el Ministerio, ¿verdad? ¡Y todavía espera que cooperemos con usted!
-¡Has ido demasiado lejos! -gritó Scrimgeour, poniéndose en pie. Harry saltó sobre sus pies también. Scrimgeour cojeó hacia Harry y le pinchó con fuerza en el pecho con la punta de su varita. Esta chamuscó un agujero en la camiseta de Harry como hubiera hecho un cigarrillo encendido.
-¡Eh! -dijo Ron, levantándose de un salto y alzando su varita, pero Harry dijo:
-¡No! ¿Quieres darle una excusa para arrestarnos?
-Recordando que ya no estás en la escuela, ¿verdad? -dijo Scrimgeour respirando con fuerza en la cara de Harry-. ¿Recordando que yo no soy Dumbledore, que perdonaba tu insolencia e insubordinación? Puedes llevar esa cicatriz en la frente como una corona, Potter, ¡pero ningún chico de diecisiete años va a decirme como hacer mi trabajo. ¡Ya es hora de que aprendas respeto!
-Ya es hora de que usted se lo gane -dijo Harry.
El suelo tembló, se oyó un sonido de pies a la carrera, entonces la puerta del salón se abrió de repente y el Señor y la Señora Weasley entraron corriendo.
-Nosotros... creímos oir... -empezó el Señor Weasley, que parecía realmente alarmado ante la visión de Harry y el Ministro virtualmente nariz con nariz.
-... que se alzaban voces, -jadeó la Señora Weasley.
Scrimgeour dio un par de pasos atrás alejándose de Harry, mirando fijamente al agujero que le había hecho en la camisa. Parecía arrepentido por haber perdido el control.
-No... no fue nada, -gruñó-. Yo... lamento tu actitud -dijo, mirando a Harry directamente a la cara una vez más-. Pareces creer que el Ministerio no desea lo que tú... lo que Dumbledore... deseaba. Debemos trabajar juntos.
-No me gustan sus métodos, Ministro -dijo Harry-. ¿Recuerda?
Por segunda vez, alzó el puño derecho y mostró a Scrimgeour la cicatriz que todavía aparecía blanca en el dorso de la misma, diciendo No debo decir mentiras. La expresión de Scrimgeour se endureció. Se giró sin otra palabra y salió cojeando de la habitación. La señora Weasley se apresuró tras él. Harry la oyó detenerse en la puerta trasera. Después de un minuto o así gritó-. ¡Se ha ido!
-¿Que quería? -preguntó el Señor Weasley, mirando a Harry, Ron y Hermione mientras la Señora Weasley volvía apresuramente.
-Darnos lo que Dumbledore nos dejó -dijo Harry-. Acaban de liberar el contenido de su testamento.
Fuera, en el jardín, los tres objetos que Scrimgeour les había dado pasaron de mano en mano. Todo el mundo exclamó ante el Desiluminador y Los Cuentos de Beedle el Bardo y lamentaron el hecho de que Scrimgeour se hubiera negado a entregar la espada, pero ninguno de ellos pudo ofrecer una sugerencia sobre por qué Dumbledore le había dejado a Harry una vieja Snitch. Cuando el Señor Weasley examinaba el Desiluminador por tercera o cuarta vez, la Señora Weasley dijo tentativamente.
-Harry, querido, todo el mundo está horriblemente hambriento pero no queríamos empezar sin ti... ¿Servimos la cena ya?
Todos comieron bastante rápido y después de un apresurado coro de "Cumpleaños Feliz" y mucho engullir tarta, la fiesta terminó. Hagrid, que había sido invitado a la boda al día siguiente, pero era demasiado grande como para dormir en la atestada Madriguera, se marchó para montar una tienda de campaña en un campo vecino.
-Encontrémonos arriba -susurró Harry a Hermione mientras ayudaban a la Señora Weasley a restaurar el jardín a su estado normal-. Cuando todo el mundo se haya ido a la cama.
Arriba en la habitación del ático, Ron examinó su Desiluminador, y Harry llenó la bolsa de piel de topo de Hagrid, no con oro, sino con las cosas que más apreciaba aunque eran cosas aparentemente sin valor como el Mapa del Merodeador, el pedazo del espejo encantado de Sirius, y el guardapelo de R.A.B. Cerró bien el cordel y se deslizó la bolsa alrededor del cuello, después se sentó sujetando la vieja Snitch y observando sus alas revolotear febrilmente. Al fin, Hermione llamó a la puerta y entró de puntillas.
-Muffiato -susurró, ondeando la varita en dirección a las escaleras.
-Creía que no aprobabas ese hechizo -dijo Ron.
-Los tiempos cambian -dijo Hermione-. Ahora muéstranos el Desiluminador.
Ron accedió al instante. Sujetándolo delante de el, lo accionó. La lámpara solitaria que tenían se apagó al instante.
-La cosa es -susurró Hermione en la oscuridad- que podríamos haber logrado esto con Polvo Peruano de Oscuridad Instantánea.
Se oyó un pequeño click, y la bola de luz de la lámpara voló de vuelta al techo y los iluminó una vez más.
-Aún así, es genial, -dijo Ron, un poco a la defensiva-. ¡Y por lo que dicen lo inventó el propio Dumbledore!
-Lo sé pero, ¡seguramente no te habría mencionado en su testamento solo para ayudarnos a encender las luces!
-¿Crees que sabía que el Ministerio confiscaría su testamento y examinaría todo lo que nos dejara? -preguntó Harry.
-Definitivamente, -dijo Hermione-. No podía decirnos en el testamento por qué nos dejaba estas cosas, pero tiene que haber una explicación...
-¿... por qué no nos habrá dado una pista cuando estaba vivo? -preguntó Ron.
-Bueno, exacto, -dijo Hermione, ahora ojeando las páginas de Los Cuentos de Beedle el Bardo-. Si estas cosas son lo bastante importantes como para pasárnoslas bajo las narices del Ministerio, cualquiera pensaría que nos habría hecho saber por qué... ¿a menos que creyera que era obvio?
-Se equivocó entonces, ¿verdad? -dijo Ron-. Siempre dije que estaba chalado. Brillante y todo eso, pero como una cabra. Dejar a Harry una vieja Snitch... ¿a qué demonios viene eso?
-No tengo ni idea -dijo Hermione-. ¡Cuando Scrimgeour te hizo cogerla, Harry, estaba tan segura de que iba a pasar algo!
-Si, bueno -dijo Harry, su pulso se aceleró cuando alzó la Snitch entre los dedos-. No iba a intentarlo demasiado delante de Scrimgeour, ¿verdad?
-¿Qué quieres decir? -preguntó Hermione.
-La Snitch capturada en mi primer partido de Quidditch -dijo Harry- ¿No lo recuerdas?
Hermione parecía simplemente aturdida. Ron, sin embargo, jadeó, señalando frenéticamente de Harry a la Snitch y otra vez de vuelta hasta que encontró la voz.
-¡Es la que casi te tragaste!
-Exactamente, -dijo Harry, y con el corazón acelerado, presionó la boca contra la Snitch.
No se abrió. Frustración y amarga desilusión fluyeron de su interior. Bajó la dorada esfera, pero entonces Hermione gritó.
-¡Hay algo escrito! ¡Hay algo escrito en ella, rápido, mira!
Casi dejó caer la Snitch por la sorpresa y la excitación. Hermione tenía toda la razón. Grabadas sobre la dorada superficie, donde segundos antes no había habido nada, habían cinco palabras escritas con la fina y sesgada caligrafía que Harry reconoció como la de Dumbledore.
Abro lo que está cerrado.
Apenas había leído las palabras cuando estas se desvanecieron de nuevo.
-Abro lo que está cerrado... ¿Qué se supone que significa eso?
Hermione y Ron sacudieron las cabezas, parecían en blanco.
-Abro lo que está cerrado... lo que está cerrado… abro lo que está cerrado...
Pero sin importar cuantas veces repitieron las palabras, con cuantas inflexiones diferentes, fueron incapaces de arrancarles ningún significado.
-Y la espada -dijo Ron finalmente, cuando tuvieron al fin que abandonar sus intentos de adivinar el significado de la inscripción de la Snitch.
-¿Por qué querría darle a Harry la espada?
-¿Y por qué no me lo dijo simplemente? -dijo Harry calladamente-. ¡Yo estaba allí, la espada estaba justo ahí en la pared de su oficina durante todas nuestras charlas del curso pasado! ¿Si quería que yo la tuviera, entonces por qué no me la dio sin más?
Sentía como si estuviera allí sentado en un examen con una pregunta que debía haber sido capaz de contestar ante él, con el cerebro lento y negándose a responder. ¿Se había perdido algo en las largas charlas con Dumbledore el año pasado? ¿Debía haber sabido lo que significaba todo? ¿Dumbledore había esperado que lo entendiera?
-Y por lo que respecta a este libro, -dijo Hermione-. Los Cuentos de Beedle el Bardo... ¡nunca había oído hablar de ellos!
-¿Nunca has oído hablar de Los Cuentos de Beddle el Bardo? -dijo Ron incrédulamente-. Está bromeando, ¿verdad?
-No, en serio, -dijo Hermione sorprendida-. ¿Los conoces?
-¡Bueno, por supuesto que si!
Harry levantó la mirada, divertido. La circunstancia de que Ron hubiera leído un libro que Hermione no conocía no tenía precedentes. Ron, sin embargo, parecía aturdido por la sorpresa de los otros dos.
-¡Oh, vamos! Se supone que todos los cuentos para niños están en el libro de Beedle, ¿verdad? "La Fuente de la Buena Fortuna!... "El mago y la Marmita Saltarina"... Babbitty Rabbitty y su Muñón Cacareante"...
-¿Perdón? -dijo Hermione con una risita-. ¿Qué fue eso último?
-¡Venga! -dijo Ron, mirando con incredulidad de Harry a Hermione-. Debéis haber oído hablar de Babbitty Rabbitty...
-¡Ron, sabes muy bien que Harry y yo fuimos criados por muggles! -dijo Hermione-. No oíamos historias como esas cuando éramos pequeños, oíamos "Blancanieves y los siete enanitos" y "Cenicienta"...
-¿Qué es eso, una enfermedad? -preguntó Ron.
-¿Así que son cuentos para niños? -preguntó Hermione, inclinada sobre las runas.
-Si -dijo Ron inciertamente-. Quiero decir, lo que acabas de oír, ya sabes, todas esas viejas historias provienen de Beedle. Supongo que es algo así como la versión original.
-Pero me pregunto por qué Dumbledore pensó que yo debía leerlas.
Algo crujió escaleras abajo.
-Probablemente es solo Charlie, ahora que Mamá está durmiento, escabulléndose para hacer que le vuelva a crecer el pelo -dijo Ron nerviosamente.
-Da igual, deberíamos irnos a la cama -susurró Hermione-. Mañana no habrá tiempo para dormir.
-No -estuvo de acuerdo Ron-. Un brutal triple asesinato llevado a cabo por la madre del novio podría apagar un poco la boda. Apagaré la luz.
Y accionó el Desiluminador una vez más mientras Hermione abandonaba la habitación.

lunes, 30 de julio de 2007

Capítulo 6: El fantasma en pijama,Harry Potter y las reliquias de la muerte


El shock por la pérdida de Ojoloco se cernió sobre la casa durante los días que siguieron. Harry seguía esperando verle atravesar la puerta trasera como los otros miembros de la Orden, que entraban y salían para transmitir noticias. Harry sentía que solo que la acción aliviaría su sentimiento de culpa y el pesar y que debía ponerse en camino en su misión para encontrar y destruir los Horrocruxes lo antes posible.
—Bueno, no puedes hacer nada con respecto a los —Ron formó con la boca silenciosamente la palabra Horrocruxes— hasta que tengas diecisiete. Todavía tienes el Rastro sobre ti. Y podemos hacer planes aquí tan bien como en cualquier otro sitio, ¿verdad? ¿O —dejó caer su voz a un susurro—, ya sabes donde está Quien-tu-ya-sabes?
—No —admitió Harry.
—Creo que Hermione ha estado haciendo algo de investigación —dijo Ron—. Dice que se la está guardando para cuando salgamos de aquí.
Estaban sentados ante la mesa del desayuno. El señor Weasley y Bill acababan de marcharse a trabajar. Fleur había subido a darse un baño.
—El Rastro se romperá el treinta y uno —dijo Harry—. Eso significa que solo tenemos que quedarnos aquí cuatro días. Después puedo...
—Cinco días —le corrigió Ron firmemente—. Tenemos que quedarnos para la boda. Ellas nos matarán si nos la perdemos.
Harry entendió que con "ellas" quería decir Fleur y la señora Weasley.
—Es un día más —dijo Ron, cuando Harry pareció a punto de amotinarse.
—¿No comprenden lo importante...?
—Por supuesto que no —dijo Ron—. No tienen ni idea. Y ahora que lo mencionas, quería hablar contigo de eso.
Ron miró hacia la puerta y al vestíbulo para comprobar que la señora Weasley no hubiera vuelto aún, entonces se inclinó más cerca de Harry.
—Mamá ha estado intentando sonsacarnos a Hermione y a mí. Preguntando que vamos a hacer. Lo intentará contigo pronto, así que prepárate. Papá y Lupin también preguntaron, pero cuando les dijimos que Dumbledore te había dicho que no se lo contaras a nadie excepto a nosotros, lo dejaron. Sin embargo Mamá no. Está decidida.
La predición de Ron se convirtió en realidad horas después. Poco después del almuerzo, la señora Weasley separó a Harry de los demás pidiéndole ayuda para identificar un calcetín solitario que podía haber salido de su mochila. Una vez le tuvo arrinconado en el diminuto anexo de la cocina, empezó.
—Ron y Hermione parecen creer que vosotros tres vais a abandonar Hogwarts —empezó con un tono ligero y casual.
—Oh —dijo Harry—. Bueno, sí. Así es.
El escurridor giraba por sí mismo en la esquina, retorciendo lo que parecía uno de los chalecos del señor Weasley.
—¿Puedo preguntarte por qué estáis abandonando vuestra educación? —dijo la señora Weasley.
—Bueno, Dumbledore me dejó... cosas que hacer —masculló Harry—. Ron y Hermione saben que es, y quieren venir conmigo.
—¿Qué clase de "cosas"?
—Lo siento, no puedo...
—Bueno, francamente, creo que Arthur y yo tenemos derecho a saber, ¡y seguro que el señor y la señora Granger estarían de acuerdo! —dijo la señora Weasley. Harry se había estado temiendo la táctica de "preocupación maternal". Se obligó a sí mismo a mirarla directamente a los ojos, notando al hacerlo que eran precisamente del mismo tono de marrón que los de Ginny. Eso no ayudó.
—Dumbledore no quería que nadie más lo supiera, señora Weasley. Lo siento. Ron y Hermione no tienen que venir, es su elección...
—¡No ves que tú tampoco tienes que ir! —exclamó ella, abandonando ahora todo fingimiento—. ¡Apenas sois mayores de edad, ninguno de vosotros! Es una soberana tontería, ¡si Dumbledore necesitaba que se hiciera algo, tenía a toda la Orden bajo su mando! Harry, debes haberle malinterpretado. Probablemente te estaba contando algo que quería que se hiciera, y tú te lo tomaste como que quería que lo hicieras tú...
—No le malinterpreté —dijo Harry rotundamente—. Tengo que ser yo.
Le devolvió el calcetín que supuestamente tenía que identificar, que llevaba estampados unos juncos dorados.
—Y este no es mío. Yo no apoyo a los Puddlemere United.
—Oh, por supuesto —dijo la señora Weasley con una repentina y bastante enervante vuelta a su tono casual—. Debería haberlo notado. Bueno, Harry, ya que todavía estás aquí, no te importa ayudarme con los preparativos de la boda de Bill y Fleur, ¿verdad? Todavía hay mucho que hacer.
—No... yo... por supuesto que no —dijo Harry, desconcertado por el súbito cambio de tema.
—Que encanto —replicó ella, y sonreía mientras salía del cuarto.
A partir de ese momento, la señora Weasley mantuvo a Harry, Ron y Hermione tan ocupados con los preparativos de la boda que a penas tuvieron tiempo de pensar. La explicación más amable para su comportamiento habría sido que la señora Weasley quería distraerles y evitar que pensaran en Ojoloco y los terrores de su reciente viaje. Sin embargo, después de dos días de no parar de limpiar cubertería, de favores de emparejar colores, cintas, y flores, de desgnomizar el jardín y ayudar a la señora Weasley a preparar vastas cantidades de canapés, Harry empezó a sospechar que tenía un motivo distinto. Todos los trabajos que les encargaba parecían mantenerles a él, Ron y Hermione lejos los unos de los otros; no había tenido oportunidad de hablar con los otros dos a solas desde la primera noche, cuando les había hablado de Voldemort torturando a Ollivander.
—Creo que Mamá piensa que si puede evitar que los tres os reunáis y hagáis planes, podrá retrasar vuestra partida —dijo Ginny a Harry en tono bajo, mientras ponían la mesa para la cena en su tercera noche allí.
—¿Y después qué cree que va a ocurrir? —murmuró Harry—. ¿Que algún otro va a matar a Voldemort mientras ella nos retiene aquí cocinando?
Había hablado sin pensar, y vio que la cara de Ginny se ponía blanca.
—¿Así que es cierto? —dijo ella—. ¿Eso es lo que esta intentando hacer?
—Yo no... Estaba bromeando —dijo Harry evasivamente.
Se miraron el uno al otro, y había algo más que sorpresa en la expresión de Ginny. De repente Harry fue consciente de que esta era la primera vez que estaba a solas con ella desde aquellas horas robadas en las esquinas solitarias de los terrenos de Hogwarts. Estaba seguro de que ella lo estaba recordando también. Ambos saltaron cuando se abrió la puerta, y el señor Weasley, Kingsley, y Bill entraron.
Ahora con frecuencia se unían a ellos otros miembros de la Orden para cenar, porque la Madriguera había reemplazado al número doce de Grimmauld Place como cuartel general. El señor Weasley había explicado que después de la muerte de Dumbledore, su Guardián Secreto, cada una de las personas a quienes Dumbledore había confiado la localización de Grimmauld Place se había convertido en un Guardián Secreto automáticamente.
—Y como hay alrededor de veinte de nosotros, eso diluye enormemente el poder del Encantamiento Fidelius. Veinte veces más oportunidades de que los mortifagos consigan sacarle el secreto a alguien.
—¿Pero seguramente Snape les habrá dado la dirección ya, no? —preguntó Harry.
—Bueno, Ojoloco colocó un par de maldiciones contra Snape por si acaso vuelve por allí. Esperamos que sean lo suficientemente fuertes como para mantenerle fuera y que le aten la lengua si intenta hablar del lugar, pero no podemos estar seguros. Habría sido una locura seguir utilizando el lugar como cuartel general ahora que su protección se ha vuelto tan incierta.
La cocina estaba tan atestada esa tarde que era difícil maniobrar con cuchillos y tenedores. Harry se encontró apretado contra Ginny; las cosas sin decir que acababan de pasar entre ellos le hicieron desear que estuviesen separados por unas cuantas personas más. Estaba intentando con tanto empeño evitar rozarle el brazo que casi no podía cortar su pollo.
—¿No hay noticias sobre Ojoloco? —le preguntó Harry a Bill.
—Nada. —replicó Bill.
Todavía no habían podido celebrar un funeral por Moody, porque Bill y Lupin no habían podido recuperar su cuerpo. Había sido difícil calcular donde podía haber caído, dada la oscuridad y la confusión de la batalla.
—El Profeta no dice una palabra sobre su muerte o sobre el descubrimiento del cuerpo —siguió Bill—, pero eso no significa mucho. Se está callando un montón de cosas estos días.
—¿Y todavía no han convocado una vista por toda la magia que utilicé siendo menor de edad al escapar de los mortifagos? —gritó Harry a través de la mesa al señor Weasley, quien sacudió la cabeza.
—¿Porque saben que no tuve elección o porque no quieren que diga una palabra sobre que Voldemort me atacó?
—Lo último, creo. Scrimgeour no quiere admitir que Quien-tú-ya-sabes sea tan poderoso, ni que Azkaban haya vivido una fuga en masa.
—Sí, ¿por qué contarle al público la verdad? —dijo Harry, aferrando su cuchillo tan fuerte que las pálidas cicatrices del dorso de su mano se remarcaron, blancas contra su piel: No debo decir mentiras.
—¿Hay alguien en el Ministerio preparado para enfrentarse a él? —preguntó Ron encolerizado.
—Por supuesto, Ron, pero la gente está aterrada —replicó el señor Weasley—, temen ser los siguientes en desaparecer, ¡que sus hijos sean los siguientes en ser atacados! Corren rumores desagradables por ahí. No me creo por ejemplo que la profesora de Estudios Muggles de Hogwarts renunciara. No se la ha visto desde hace semanas. Entretanto Scrimgeour permanece encerrado en su oficina todo el día; solo espero que esté trabajando en un plan.
Hubo una pausa en la cual la señora Weasley encantó los platos sucios para que se colocaran sobre el mostrador y sirvió tarta de manzana.
—Debemos decidig como te disfgazagás, Haggy —dijo Fleur, una vez que todo el mundo tuvo pudding— Paga la boda —añadió, cuando él la miró confuso—. Pog supuesto, ninguno de nuestgos invitados son mogtifagos, pego no podemos gagantizag que no se les escapagá nada después del champagne.
De esto, Harry dedujo que ella todavía no confiaba en Hagrid.
—Si, bien dicho —dijo la señora Weasley desde la cabecera de la mesa donde estaba sentada, con las gafas colgando de la punta de su nariz, revisando una inmensa lista de trabajos que estaba transcribiendo a un muy largo trozo de pergamino—. A ver, Ron, ¿has limpiado ya tu habitación?
—¿Por qué? —exclamó Ron, dejando caer de golpe su cuchara y mirando furiosamente a su madre— ¿Por qué se tiene que limpiar mi habitación? ¡A Harry y a mí nos viene bien como está!
—Celebramos la boda de tu hermano en unos días, jovencito...
—¿Y van a casarse en mi dormitorio? —preguntó Ron enfadado—. ¡No! Así que por las barbas de Merlín...
—No hables así a tu madre —dijo el señor Weasley firmemente— Y haz lo que te dice.
Ron frunció el ceño a sus padres, después recogió su cuchara y atacó los últimos bocados de su tarta de manzana.
—Puedo ayudar, parte de eso es mi desastre —le dijo Harry a Ron, pero la señora Weasley lo interrumpió.
—No, Harry, cariño, prefería que ayudases a Arthur con los pollos, y Hermione, te estaría eternamente agradecida si cambiases las sábanas para Monsieur y Madame Delacour; ya sabes que llegan mañana a las once de la mañana.
Pero al final, hubo poco que hacer con los pollos.
—No hay necesidad de, eh, mencionárselo a Molly —le comentó el señor Weasley a Harry, bloqueándole el acceso al gallinero—, pero, eh, Ted Tonks me mandó la mayor parte de los restos de la moto de Sirius, y, eh, la estoy escondiendo… quiero decir, guardándola… aquí. Un chisme fantástico: tiene un turbo de escape, creo que se llama, una batería de lo más magnífica, y me dará la enorme oportunidad de descubrir cómo funcionan los frenos. Voy a intentar montarlo todo de nuevo cuando Molly no… quiero decir, cuando tenga tiempo.
Cuando regresaron a la casa, a la señora Weasley no se la veía por ninguna parte, así que Harry se deslizó escaleras arriba hacia la habitación de Ron en el ático.
—¡Lo estoy haciendo, lo estoy haciendo…! Oh, eres tú —dijo Ron con alivio, cuando Harry entró en la habitación. Ron se tumbó en la cama, que evidentemente acababa de abandonar. La habitación estaba igual de desastrosa que había estado toda la semana; la única diferencia era que ahora Hermione estaba sentada en la esquina del otro lado, con su peludo gato color canela, Crookshanks, a sus pies, clasificando libros, algunos de los cuales Harry reconoció como suyos, en dos enormes pilas.
—Hola Harry —dijo mientras este se sentaba en su cama plegable.
—¿Y cómo conseguiste escaparte?
—Oh, la madre de Ron se olvidó de que ayer nos había pedido a Ginny y a mí que cambiáramos las sábanas —dijo Hermione. Lanzó Numerología y Gramática en una pila y Auge y caída de las Artes Oscuras en la otra.
—Estábamos hablando sobre Ojoloco —le dijo Ron a Harry—. Creo que tal vez podría haber sobrevivido.
—Pero Bill vio como le alcanzaba la maldición asesina. —dijo Harry.
—Sí, pero Bill también estaba siendo atacado —dijo Ron—. ¿Cómo puede estar seguro de lo que vio?
—Incluso si la maldición asesina falló, Ojoloco se cayó desde unos trescientos metros —dijo Hermione, ahora sujetando Equipos de quidditch de Gran Bretaña e Irlanda en la mano.
—Podría haber usado un Encantamiento Escudo…
—Fleur dijo que la varita salió volando de su mano —dijo Harry.
—Bueno, de acuerdo, si queréis que esté muerto… —dijo Ron malhumoradamente, golpeando la almohada para darle una forma más cómoda.
—¡Por supuesto que no queremos que esté muerto! —dijo Hermione, mirándolo conmocionada—. ¡Es terrible que esté muerto! ¡Pero estamos siendo realistas!
Por primera vez, Harry se imaginó el cuerpo de Ojoloco, roto como había estado el de Dumbledore, pero con ese ojo todavía girando en su cuenca. Sintió una punzada de repulsión mezclada con un insólito deseo de reír.
—Probablemente los mortífagos no dejan restos detrás, por eso nadie lo ha encontrado —dijo Ron sabiadamente.
—Sí —dijo Harry—. Como Barty Crouch, convertido en un hueso y enterrado en el jardín delantero de Hagrid. Probablemente transfiguraron a Moody y lo metieron…
—¡No! —chilló Hermione. Sobresaltado, Harry la miró a tiempo para verla echarse a llorar sobre su copia del Silabario del Hechicero.
—Oh, no —dijo Harry, luchando por levantarse de la vieja cama plegable—. Hermione, no tenía intención de disgustarte…
Pero con un gran crujido de los muelles oxidados de la cama, Ron saltó de ella y llegó allí primero. Con un brazo alrededor de los hombros de Hermione, rebuscó en los bolsillos de sus vaqueros y sacó un pañuelo de aspecto repugnante que había usado antes para limpiar el horno. Sacando la varita con rapidez, apuntó al trapo y dijo: —Fregotego.
La varita absorbió la mayor parte de la grasa. Con aspecto de estar bastante satisfecho consigo mismo, Ron le pasó el pañuelo que humeaba ligeramente a Hermione.
—Oh… gracias, Ron… lo siento… —se sonó la nariz e hipó—. Es que es tan h-horrible, ¿verdad? J-justo después de que Dumbledore… es s-solo que n-nunca imaginé que Ojoloco moriría, ¡en cierta forma, parecía tan duro!
—Sí, lo sé —dijo Ron, dándole un apretón—. ¿Pero sabes lo él que nos diría si estuviese aquí?
—“Alerta permanente” —dijo Hermione, secándose los ojos.
—Eso es —dijo Ron, asintiendo—. Nos diría que aprendiésemos de lo que le ocurrió a él. Y lo que yo he aprendido es a no confiar en ese cobarde asqueroso de Mundungus.
Hermione dejó escapar una risa temblorosa y se inclinó para coger dos libros más. Un segundo después, Ron había apartado el brazo que tenía alrededor de sus hombros; ella había dejado caer El Monstruoso Libro de los Monstruos sobre su pie. El libro se había liberado del cinturón que lo contenía y mordía el tobillo de Ron con fiereza.
—¡Lo siento, lo siento! —gritó Hermione mientras Harry sacaba el libro de la pierna de Ron y lo volvía a atar.
—A todo esto, ¿qué estás haciendo con todos esos libros? —preguntó Ron, dirigiéndose cojeando hacia su cama.
—Sólo estoy intentando decidir cuales nos llevaremos —dijo Hermione—. Cuando vayamos a buscar los Horrocruxes.
—Oh, claro —dijo Ron, llevándose una mano a la frente—. Me olvidé de que ibamos a perseguir a Voldemort en una biblioteca móvil.
—Ja, ja —dijo Hermione, bajando la mirada al Silabario del Hechicero—. Me pregunto… ¿necesitaremos traducir runas? Es posible…creo que lo mejor será llevarlo, por si acaso.
Dejó caer el silabario en la pila más grande y cogió Historia de Hogwarts.
—Escuchad —dijo Harry.
Se había sentado derecho. Ron y Hermione lo miraron con una mezcla a partes iguales de resignación y desafío.
—Sé que después del funeral de Dumbledore dijisteis que queríais venir conmigo —empezó Harry.
—Ya empezamos —le dijo Ron a Hermione, poniendo los ojos en blanco.
—Como sabíamos que haría —suspiró ella, volviendo a los libros—. Sabes, creo que llevaré Historia de Hogwarts. Incluso si no volvemos allí, no creo que me sintiera bien si no lo llevase con…
—¡Escuchad! —dijo Harry otra vez.
—No, Harry, escucha tú. —dijo Hermione—. Vamos a ir contigo. Eso se decidió hace meses… años en realidad.
—Pero…
—Cállate —le aconsejó Ron.
—¿…estáis seguros de haberlo pensado bien? —insistió Harry.
—Veamos —dijo Hermione, lanzando con fuerza Viaje con los trolls en la pila de desechados con una mirada bastante feroz—. Llevo varios días haciendo el equipaje para que podamos marcharnos en cualquier momento, lo que para tu información ha incluido hacer magia bastante complicada, por no mencionar meter de contrabando todas las reservas de Poción Multijugos de Ojoloco bajo la nariz de la madre de Ron.
»También modifiqué los recuerdos de mis padres, de modo que están convencidos de que en realidad se llaman Wendell y Monica Wilkins, y que la ambición de su vida es mudarse a Australia, lo que ya han hecho. Asi a Voldemort le sea más difícil localizarlos e interrogarlos sobre mí… o ti, porque desafortunadamente, les conté bastante sobre ti.
»Asumiendo que sobrevivamos a la búsqueda de los Horrocruxes, buscaré a mamá y papá y levantaré el encantamiento. Si no… bueno, creo que les lancé un hechizo lo suficientemente bueno como para mantenerlos a salvo y felices. Es que Wendell y Monica Wilkins no saben que tienen una hija.
Los ojos de Hermione estaban otra vez llenos de lágrimas. Ron saltó de la cama, la volvió a rodear con el brazo y miró a Harry con el ceño fruncido como si le reprochase su falta de tacto. A Harry no se le ocurría nada que decir, y no era por lo extremadamente inusual que era que Ron estuviese enseñando tacto a otro.
—Yo… Hermione, lo siento… yo no…
—¿No te das cuenta que Ron y yo sabemos perfectamente bien lo que puede pasar si vamos contigo? Bueno, lo sabemos. Ron, enséñale a Harry lo que has hecho.
—No, acaba de comer —dijo Ron.
—¡Vamos, tiene que saberlo!
—Oh, está bien. Harry, ven aquí.
Por segunda vez Ron retiró el brazo que rodeaba a Hermione y se dirigió hacia la puerta.
—Vamos.
—¿Por qué? —preguntó Harry, siguiendo a Ron fuera de la habitación hasta el pequeño rellano.
—Descendo —murmuró Ron, apuntando con su varita al techo bajo. Justo por encima de sus cabezas se abrió una trampilla y una escalera se deslizó hasta sus pies. Un sonido horrible, medio gemido medio succión, salió del agujero cuadrado, junto con un desagradable olor como de alcantarillas abiertas.
—Ese es vuestro espíritu, ¿verdad? —preguntó Harry, que en realidad nunca había conocido a la criatura que a veces perturbaba el silencio nocturno.
—Sí, lo es —dijo Ron, subiendo por la escalera—. Ven y échale un vistazo.
Harry siguió a Ron por los pocos escalones hasta el pequeño espacio del ático. Su cabeza y hombros estaban en el cuarto antes de que vislumbrase a la criatura enroscada a pocos metros, profundamente dormida en la penumbra con su gran boca totalmente abierta.
—Pero… parece… ¿normalmente los espíritus llevan pijamas?
—No —dijo Ron—. Ni tampoco suelen tener cabello rojo o una buena cantidad de pústulas.
Harry contempló a la cosa, ligeramente asqueado. Era humano en forma y tamaño, y llevaba puesto lo que, ahora que los ojos de Harry se acostumbraban a la oscuridad, era claramente uno de los pijamas viejos de Ron. También estaba seguro de que los espíritus estaban generalmente bastante delgados y calvos, en vez de tener un pelo tan característico y estar cubiertos de ampollas violetas.
—Es yo, ¿ves? —dijo Ron.
—No —dijo Harry—. No lo veo.
—Te lo explicaré cuando volvamos a la habitación, el olor me está matando —dijo Ron. Descendieron por la escalera, luego Ron volvió a subir a la trampilla, y se unieron de nuevo a Hermione, que todavía estaba clasificando libros.
—Cuando nos vayamos, el espíritu va a bajar y vivir aquí en mi habitación —dijo Ron—. Creo que de verdad tiene muchas ganas… bueno, es difícil de saber porque todo lo que hace es gemir y babear, pero asiente un montón cuando se lo dices. De todas formas, va a ser yo con spattergroit. Bueno, ¿verdad?
Harry simplemente lo miró confuso.
—¡Lo es! —dijo Ron, claramente frustrado porque Harry no hubiese entendido la brillantez del plan—. Mira, cuando los tres no aparezcamos de nuevo en Hogwarts, todos van a pensar que Hermione y yo estaremos contigo, ¿no? Lo que significa que los mortífagos irán directos a por nuestras familias para saber si tienen información sobre donde estás.
—Pero con suerte parecerá que yo me marché con mamá y papá; muchos nacidos muggles están hablando de ocultarse en estos tiempos —dijo Hermione.
—No podemos ocultar a toda mi familia, parecería demasiado sospechoso, y no todos pueden dejar sus trabajos —dijo Ron—. Así que vamos a hacer circular la historia de que estoy enfermo con spattergroit, por lo que no puedo volver a la escuela. Si alguien aparece para investigar, mamá o papá pueden enseñarles al espíritu en mi cama, cubierto de pústulas. La spattergroit es verdaderamente contagiosa, así que no querrán acercarse a él. Tampoco importará que no diga nada, porque aparentemente una vez que el hongo llega a la campanilla de la garganta, no se puede.
—¿Y tu madre y tu padre aceptan el plan? —preguntó Harry.
—Papá sí. Ayudó a Fred y George a transformar el espíritu. Mamá… bueno, ya has visto cómo es. No aceptará que nos vayamos hasta que lo hagamos.
Se hizo el silencio en la habitación, roto sólo por suaves golpes cuando Hermione lanzaba libros a una pila o la otra. Ron se sentó a observarla, y Harry miró de uno a otro, incapaz de decir nada. Las medidas que habían tomado para proteger a sus familias le hicieron darse cuenta, más que nada que pudieran haber hecho, de que realmente iban a ir con él y que sabían con exactitud lo peligroso que sería. Quería decirles lo que significaba para él, pero simplemente no podía encontrar palabras lo suficientemente importantes.
En medio del silencio se escuchó el sonido amortiguado de los gritos de la señora Weasley cuatro pisos más abajo.
—Probablemente Ginny dejó una mota de polvo en un pequeño servilletero —dijo Ron—. No sé porqué los Delacour tienen que venir dos días antes de la boda.
—La hermana de Fleur es dama de honor, tiene que estar aquí para el ensayo general, y es demasiado joven para venir por su cuenta —dijo Hermione, mientras estudiaba indecisa Recreo con la banshee.
—Bueno, los invitados no le van a venir bien a los niveles de estrés de mamá —dijo Ron.
—Lo que de verdad tenemos que decidir —dijo Hermione, desechando Teoría de defensa mágica sin dedicarle un segundo vistazo y cogiendo Evaluación de la educación mágica en Europa—, es a dónde iremos cuando nos marchemos de aquí. Sé que dijiste que primero querías ir al Valle de Godric, Harry, y entiendo el motivo, pero… bueno… ¿no deberíamos hacer de los Horrocruxes nuestra prioridad?
—Si supiese dónde está alguno de los Horrocruxes, estaría de acuerdo contigo —dijo Harry, que no creía que Hermione entendiese realmente su deseo de volver al Valle de Godric. Las tumbas de sus padres eran sólo parte del atractivo: sentía la fuerte e inexplicable sensación de que el lugar guardaba respuestas para él. Tal vez simplemente porque era allí donde había sobrevivido a la maldición asesina de Voldemort; ahora que estaba enfrentándose al desafío de repetir la hazaña, Harry se sentía atraído por el lugar donde había sucedido, deseando entender.
—¿No crees que existe la posibilidad de que Voldemort tenga vigilado el Valle de Godric? —preguntó Hermione—. Puede que espere que vuelvas y visites las tumbas de tus padres una vez que seas libre de ir a donde quieras.
Esto no se le había ocurrido a Harry. Mientras luchaba para buscar algo con lo que contestarle, Ron habló, evidentemente siguiendo su propia línea de pensamiento.
—Este R.A.B —dijo—. Ya sabéis, el que robó el verdadero medallón.
Hermione asintió.
—Dijo en su nota que iba a destruirlo, ¿verdad?
Harry arrastró su mochilla hacia sí y sacó el falso Horrocrux en el que la nota de R.A.B. todavía estaba doblada.
—He robado el verdadero Horrocrux y tengo intención de destruirlo tan pronto como pueda —leyó Harry.
—Bueno, ¿y si él lo destruyó? —dijo Ron.
—O ella —introdujo Hermione.
—Lo que sea —dijo Ron—. ¡Será uno menos para nosotros!
—Sí, pero aún así tendremos que intentar seguirle el rastro al autentico guardapelo medallón, ¿no? —dijo Hermione—, para descubrir si fue o no destruido.
—Y cuando lo tengamos, ¿cómo se destruye un Horrocrux? —preguntó Ron.
—Bueno —dijo Hermione—, lo he estado investigando.
—¿Cómo? —preguntó Harry—. No creí que hubiese ningún libro sobre Horrocruxes en la biblioteca.
—No había —dijo Hermione, que había enrojecido—. Dumbledore los sacó todos pero… no los destruyó. —Ron se sentó recto, con los ojos muy abiertos.
—Por los pantalones de Merlín, ¿cómo conseguiste poner las manos en esos libros de Horrocruxes?
—No… ¡no fue un robo! —dijo Hermione, mirando de Harry a Ron con una cierta desesperación—. Seguían siendo libros de la biblioteca, aunque Dumbledore los hubiera sacado de las estanterías. De todas formas, si realmente no hubiese querido que nadie accediese a ellos, seguro que lo habría guardado mucho más…
—¡Ve al grano! —dijo Ron.
—Bueno… fue fácil —dijo Hermione con una vocecilla—. Simplemente hice un encantamiento convocador. Ya sabes… Accio. Y… salieron volando por la ventana del despacho de Dumbledore, directos al dormitorio de las chicas.
—¿Pero cuando hiciste eso? —preguntó Harry, mirando a Hermione con una mezcla de admiración e incredulidad.
—Justo después de su… del funeral de… Dumbledore —dijo Hermione en una voz más débil aún—. Justo después de que acordaramos dejar el colegio y salir a buscar los Horrocruxes. Cuando volví al piso de arriba a recoger mis cosas, simplemente se… se me ocurrió que cuanto más supiéramos de ellos, mejor… y estaba allí sola… así que intenté… y funcionó. Volaron directos a través de la ventana abierta y los… guardé en el equipaje.
Tragó y luego dijo implorante:
—No puedo creer que Dumbledore se hubiera enfadado por eso, no es como si fuéramos a usar la información para crear un Horrocrux, ¿verdad?
—¿Nos oyes quejarnos? —dijo Ron—. De todas formas, ¿dónde están esos libros?
Hermione rebuscó durante un rato y sacó de la pila un grueso volumen, encuadernado en descolorido cuero negro. Parecía un poco mareada y lo sostenía con tanta cautela como si fuese algo recientemente muerto.
—Este es el que da las instrucciones específicas sobre cómo hacer un Horrocrux. Secretos de las Artes Más Oscuras… es un libro horrible, de verdad, realmente espantoso, lleno de magia malvada. Me pregunto cuando lo sacó Dumbledore de la biblioteca… si no lo hizo hasta que fue director, apuesto a que Voldemort sacó todas las instrucciones que necesitaba de él.
—¿Entonces porqué le tuvo que preguntar a Slughorn cómo hacer un Horrocrux, si ya había leído eso? —preguntó Ron.
—Sólo se acercó a Slughorn para descubrir lo que pasaría si dividías tu alma en siete —dijo Harry—. Dumbledore estaba seguro de que Ryddle ya sabía cómo hacer un Horrocrux cuando le preguntó a Slughorn por ellos. Creo que tienes razón, Hermione; ese libro pudo ser la fuente de dónde sacó fácilmente la información.
—Y cada vez que leo más sobre ellos —dijo Hermione—, más terribles me parecen, y menos creo que en realidad hiciera seis. En este libro se avisa de lo inestable que haces al resto de tu alma al desgarrarla, ¡y eso sólo haciendo un Horrocrux!
Harry recordó lo que Dumbledore había dicho sobre que Voldemort había ido más allá de la “maldad normal”.
—¿No hay forma de volverte a poner todo junto? —preguntó Ron.
—Sí —dijo Hermione con una sonrisa vacía—. Pero sería extremadamente doloroso.
—¿Por qué? ¿Cómo lo harías? —preguntó Harry.
—Remordimiento —dijo Hermione—. Realmente tienes que sentir lo que has hecho. Hay una nota al pie. Aparentemente el dolor de ese acto te puede destruir. No puedo ver a Voldemort intentándolo de ninguna forma, ¿y vosotros?
—No —dijo Ron, antes de que Harry pudiera contestar—. ¿Entonces en ese libro dice como destruir Horrocruxes?
—Sí —dijo Hermione, pasando ahora las frágiles páginas como si examinase vísceras asquerosas—, porque avisa a los magos oscuros de lo fuertes que tienen que ser los encantamientos en ellos. Según todo lo que he leído, lo que Harry le hizo al diario .de Ryddle fue una de las pocas maneras infalibles de destruir un Horrocrux.
—¿El qué, clavarle un colmillo de basilisco? —preguntó Harry.
—Oh bien, qué suerte que tengamos una gran reserva de colmillos de basilisco, entonces —dijo Ron—. Me estaba preguntando qué haríamos con ellos.
—No tiene que ser un colmillo de basilisco —dijo Hermione pacientemente—. Tiene que ser algo tan destructivo que el Horrocrux no se pueda reparar a sí mismo. El veneno de basilisco sólo tiene un antídoto, que es increíblemente raro...
—… lágrimas de fénix —dijo Harry, asintiendo con la cabeza.
—Exacto —dijo Hermione—. El problema es que hay muy pocas sustancias que sean tan destructivas como el veneno de basilisco, y todas son muy peligrosas para llevarlas encima. Sin embargo es un problema que tendremos que resolver, porque rasgar, aplastar o destrozar un Horrocrux no servirá. Hay que dejarlo más allá de la reparación mágica.
—Pero aunque destrocemos la cosa en la que viva —dijo Ron—, ¿por qué el trozo de alma no se podría mover y vivir en otra cosa?
—Porque un Horrocrux es lo completamente opuesto a un ser humano.
Viendo que Harry y Ron parecían totalmente confusos, Hermione se apresuró a explicar.
—Mirad, si ahora mismo cogiese una espada, Ron, y te atravesase con ella, no dañaría para nada tu alma.
—Lo cual sería un gran consuelo para mí, estoy seguro —dijo Ron. Harry rió.
—¡Pues en realidad debería serlo! Pero lo que quiero decir es que sin importar lo que suceda con tu cuerpo, tu alma sobrevivirá intacta —dijo Hermione—. Pero con un Horrocrux es al contrario. El fragmento de alma en su interior depende de lo que lo contenga, del cuerpo encantado, para sobrevivir. No puede existir sin él.
—El diario murió en cierto modo cuando lo atravesé —dijo Harry, recordando la tinta que se había vertido como sangre de las páginas perforadas, y los gritos del trozo de alma de Voldemort mientras se desvanecía.
—Y una vez que el diario estuvo adecuadamente destruido, el trozo de alma atrapado en él no pudo seguir existiendo. Ginny intentó deshacerse del diario antes de que lo hicieses tú, tirándolo por el retrete, pero obviamente volvió como nuevo.
—Espera un momento —dijo Ron, frunciendo el ceño—. El trozo de alma de ese diario estaba poseyendo a Ginny, ¿no? ¿Cómo funciona eso, entonces?
—Mientras el contenedor mágico está todavía intacto, el trozo de alma de su interior puede revolotear de dentro a fuera si alguien se acerca demasiado al objeto. No quiero decir sujetarlo cerca, no tiene nada que ver con tocarlo —añadió antes de que Ron pudiera hablar—, quiero decir cerca emocionalmente. Ginny vertió su corazón en el diario, se hizo increíblemente vulnerable. Te metes en problemas si te encariñas demasiado o si te vuelves dependiente del Horrocrux.
—Me pregunto cómo destruiría Dumbledore el anillo —dijo Harry—. ¿Por qué no le pregunté? En realidad nunca…
Su voz se apagó: estaba pensando en todas las cosas que le debería haber preguntado a Dumbledore, y como, desde de la muerte del director, a Harry le parecía que había desperdiciado demasiadas oportunidades cuando Dumbledore había estado vivo, para descubrir más… para descubrirlo todo…
El silencio se rompió cuando la puerta de la habitación se abrió con un golpe que hizo temblar las paredes. Hermione chilló y dejó caer Secretos de las Artes Más Oscuras; Crookshanks se metió como un rayo bajo la cama, siseando indignado; Ron saltó de la cama, resbaló con el envoltorio de una rana de chocolate y se golpeó la cabeza contra la pared de enfrente; y Harry instintivamente se lanzó hacia su varita antes de darse cuenta de que estaba mirando a la señora Weasley, que tenía el cabello descolocado y la cara retorcida de cólera.
—Siento interrumpir esta pequeña reunión acogedora —dijo con voz temblorosa—. Estoy segura de que todos necesitáis descansar… pero hay regalos de boda amontonados en mi cuarto que necesitan ser clasificados y tenía la impresión de que todos habíais aceptado ayudar.
—Oh, sí —dijo Hermione con expresión aterrorizada al ponerse de pie, haciendo volar libros en todas direcciones—, iremos… sentimos…
Con una angustiosa mirada a Harry y Ron, Hermione salió rápidamente de la habitación tras la señora Weasley.
—Es como ser un elfo doméstico —se quejó Ron en voz baja, todavía frotándose la cabeza mientras Harry y él las seguían—, excepto por lo de la satisfacción del trabajo. Cuando antes termine esta boda, más feliz seré.
—Sí —dijo Harry—, entonces no tendremos otra cosa que hacer excepto buscar Horrocruxes… será como unas vacaciones, ¿eh?
Ron empezó a reír, pero al ver el enorme montón de regalos de boda que los esperaban en la habitación de la señora Weasley, se detuvo bastante abruptamente.



Los Delacour llegaron la mañana siguiente a las once en punto. En ese momento Harry, Ron, Hermione y Ginny se sentían bastante resentidos con la familia de Fleur; y fue de mala gana que Ron subió otra vez escaleras arriba para ponerse calcetines iguales, y Harry intentó aplastarse el pelo. Una vez que todos fueron declarados suficientemente elegantes, entraron en tropel en el soleado patio trasero para esperar a los invitados.
Harry nunca había visto el lugar tan arreglado. Los calderos oxidados y las viejas botas de goma que normalmente cubrían los escalones de la puerta trasera habían desaparecido, reemplazados por dos nuevos arbustos temblones situados a cada lado de la puerta en grandes macetas; aunque no había brisa, el patio había sido barrido, y el cercano jardín había sido podado, recortado y en general arreglado, aunque a Harry, al que le gustaba lleno de maleza, le pareció que parecía veía bastante abandonado sin su contingente habitual de gnomos traviesos.
Harry había perdido la cuenta de cuantos encantamientos de seguridad habían sido colocados alrededor de la Madriguera por la Orden y el Ministerio; todo lo que sabía era que ya no era posible viajar directamente hasta allí usando magia. Por eso el señor Weasley había ido a recibir a los Delacour a la cima de una colina cercana, donde tenían que llegar con un ´Traslador. El primer sonido que indicó que se acercaban fue una extraña risa estridente, que resultó provenir del señor Weasley, que apareció en la verja momentos después, cargado de equipaje y con una hermosa rubia con una túnica larga y de color verde hoja, que solo podía ser la madre de Fleur.
—¡Mamá! —gritó Fleur, saliendo disparada para abrazarla—. ¡Papá!
Monsieur Delacour no era ni de lejos tan atractivo como su mujer; era una cabeza más bajo y extremadamente regordete, con una pequeña barba puntiaguda. Sin embargo, parecía afable. Saltando hacia la señora Weasley con botas de tacón alto, la besó dos veces en cada mejilla, dejándola aturullada.
—Se han tomado tantas molestias —dijo con voz profunda—. Fleur nos ha dicho que han estado trabajando muy duro.
—¡Oh, no ha sido nada, nada! —trinó la señora Weasley—. ¡Ninguna molestia!
Ron descargó sus sentimientos lanzándole una patada a un gnomo que estaba echando un vistazo desde detrás de uno de los nuevos arbustos.
—¡Querida dama! —dijo Monsieur Delacour, todavía agarrando la mano de la señora Weasley entre las suyas regordetas y mirándola con una sonrisa radiante—. ¡Nos sentimos muy honrados por la inminente unión de nuestras dos familias! Permítame presentarle a mi mujer, Apolline.
Madame Delacour se deslizó hacia delante y se detuvo para besar también a la señora Weasley.
—Enchantée —dijo ella— ¡Su magido nos ha estado contando unas histogias tan divegtidas!
El señor Weasley dejó escapar una risa maníaca; la señora Weasley le lanzó una mirada, tras la que inmediatamente él se quedó en silencio y asumió una expresión apropiada para el lecho de enfermo de un amigo íntimo.
—¡Y por supuesto, ya conoce a mi hija pequeña, Gabrielle! —dijo Monsieur Delacour. Gabrielle era una Fleur en miniatura; con once años, pelo por las caderas de un rubio totalmente platino, le lanzó a la señora Weasley una sonrisa deslumbrante y la abrazó, luego le lanzó a Harry una mirada brillante, agitando las pestañas. Ginny se aclaró la garganta ruidosamente.
—Bien, ¡pasen, pasen! —dijo el señor Weasley alegremente, e hizo pasar a los Delacour al interior de la casa, con muchos “¡No, por favor!” y “¡Después de usted!” y “¡Para nada!”
Los Delacour, descubrieron rápidamente, eran invitados amables y agradables. Estaban encantados con todo y deseosos de ayudar con los preparativos de la boda. Monsieur Delacour declaró que todo, desde el plan de distribución de asientos hasta los zapatos de las damas de honor era “¡Charmant!”. Madame Delacour era experta en hechizos del hogar y tuvo el horno adecuadamente limpio en un pispás; Gabrielle seguía a su hermana mayor a todas partes, intentando ayudar de cualquier forma que pudiese y farfullando en un rápido francés.
El único inconveniente era que la Madriguera no había sido construida para acomodar a tanta gente. El señor y la señora Weasley dormían ahora en el salón, habiendo acallado las protestas de Monsieur y Madame Delacour e insistido en que ocupasen su habitación. Gabrielle dormía con Fleur en la vieja habitación de Percy, y Bill compartiría habitación con Charlie, su padrino, una vez que Charlie llegara de Rumanía. Las oportunidades para hacer planes juntos se volvieron prácticamente inexistentes, y fue en desesperación que Harry, Ron y Hermione se ofrecieron voluntarios para alimentar a los pollos, simplemente para escapar de la casa superpoblada.
—¡Pero todavía no nos deja solos! —gruñó Ron, cuando el segundo intento de reunirse en el patio fue frustrado por la aparición de la señora Weasley llevando una gran cesta de colada entre los brazos.
—Oh, bien, habéis alimentado a los pollos —dijo al aproximarse—. Será mejor que los encerremos de nuevo antes de que lleguen los hombres mañana… para colocar la carpa para la boda. —explicó, deteniéndose para apoyarse contra el gallinero. Parecía agotada—. Carpas Mágicas Millamant… son muy buenos. Bill los irá a recoger… es mejor que te quedes dentro mientras estén aquí, Harry. Debo decir que tener todos estos hechizos de seguridad por aquí complica bastante el organizar una boda.
—Lo siento —dijo Harry humildemente.
—¡Oh, no seas tonto, cariño! —dijo la señora Weasley al momento—. No quise decir… bueno, ¡tu seguridad es mucho más importante! En realidad, quería preguntarte cómo te gustaría celebrar tu cumpleaños, Harry. Diecisiete, después de todo, es un día importante…
—No quiero mucho jaleo —dijo Harry con rapidez, imaginando el esfuerzo adicional que eso les supondría a todos—. De verdad, señora Weasley, simplemente una cena normal estará bien… es el día antes de la boda…
—Oh, bueno, si estás seguro, cariño. Invitaré a Remus and Tonks, ¿no crees? ¿Y qué me dices de Hagrid?
—Eso sería estupendo —dijo Harry—. Pero por favor, no quiero causar muchas molestias.
—Para nada, para nada… no es ninguna molestia…
Lo estudió con una mirada larga y penetrante, luego sonrió con un poco de tristeza, se enderezó y se marchó. harry vio cómo agitaba la varita cerca de la cesta de la colada y las ropas húmedas se elevaban en el aire para colgarse ellas solas. De repente sintió una gran ráfaga de arrepentimiento por la molestia y dolor que le estaba causando.

domingo, 29 de julio de 2007

Capitulo 5:Guerrero Caido,Harry Potier y las reliquias de la muerte


-¿Hagrid?
Harry luchaba por levantarse el mismo de los restos de metal y cuero que le rodeaban; sus manos se hundieron en unos centímetros de agua lodosa cuando intentó sostenese. No podía entender por qué Voldemort se había marchado y esperaba que surgiera de la oscuridad en cualquier momento. Algo caliente y húmedo goteaba por su barbilla y desde la frente. Salió gateando del estanque y se tambaleó hacia la gran masa oscura del suelo que era Hagrid.
-¿Hagrid? Hagrid, háblame.
Pero la masa oscura no se movía.
-¿Quién está ahí? ¿Eres Potter? ¿Eres Harry Potter?
Harry no reconoció la voz del hombre. Entonces gritó una mujer.
-¡Se han estrellado, Ted! ¡Estrellado en el jardín!
La cabeza de Harry daba vueltas.
-Hagrid, -repitió estúpidamente, y sus rodillas se doblaron.
Lo siguiente que supo fue que estaba tendido sobre su espalda en lo que se sentían como cojines, con una sensación ardiente en las costillas y el brazo derecho. Su diente perdido había vuelto a crecer. La cicatriz de su frente todavía estaba latiendo.
-¿Hagrid?
Abrió los ojos y vio que estaba tendido en un sofá de un salón desconocido e iluminado. Su mochilla yacía en el suelo a corta distancia, húmeda y embarrada. Un hombre rubio y barrigón estaba observando ansiosamente a Harry.
-Hagrid está bien, hijo, -dijo el hombre- mi esposa le está atendiendo ahora. ¿Cómo te sientes? ¿Alguna otra cosa rota? Te arreglé las costillas, el diente, y el brazo. Soy Ted, por cierto, Ted Tonks… el padre de Dora.
Harry se sentó demasiado rápidamente. Estallaban luces ante sus ojos y se sentía enfermo y mareado.
-Voldemort.
-Tranquilo, vamos, -dijo Ted Tonks, colocando una mano en el hombro de Harry y empujándole de vuelta contra los cojines-. Ha sido un feo golpe el que acabas de tener. ¿Qué ocurrió, por cierto? ¿Algo fue mal con la moto? Arthur Weasley la comprobó el mismo, él y sus cachivaches muggles.
-No, -dijo Harry, mientras su cicatriz pulsaba como una herida abierta- mortifagos, montones de ellos… nos perseguían…
-¿Mortifagos? -dijo Ted agudamente-. ¿Qué quieres decir, mortifagos? Creía que no sabían que te trasladaban esta noche, creía…
-Lo sabían, -dijo Harry.
Ted Tonks levantó la mirada al techo como si pudiera ver a través de él el cielo de arriba.
-Bueno, ya sabemos que nuestros hechizos protectores aguantan, ¿verdad? No deberían ser capaces de aproximarse en unas cien yardas a la redonda en ninguna dirección.
Ahora Harry entendía por qué Voldemort se había desvanecido; había sido en el punto en que la motocicleta había cruzado la barrera de encantamientos de la Orden. Solo esperaba que estos continuaran funcionando. Imaginó a Voldemort cien yardas por encima de ellos mientras hablaban, buscando una forma de penetrar lo que Harry visualizaba como una gran burbuja transparente.
Bajó las piernas del sofá; tenía que ver a Hagrid con sus propios ojos antes de creer que estaba vivo. No obstante, a penas se había levantado cuando una puerta se abrió y Hagrid pasó apretado por ella, su cara estaba cubierta de barro y sangre, cojeaba un poco pero estaba milagrosamente vivo.
-¡Harry!
Volcando dos delicadas mesas y una planta, cubrió el suelo entre ellos con dos zancadas y empujó a Harry a un abrazo que casi le rompió las recientemente reparadas costillas.
-Caray, Harry, ¿cómo conseguimos salir de esta? Ya creía que estabamos los dos acabados.
-Si, yo también. No puedo creer…
Harry se interrumpió. Acababa de fijarse en la mujer que había entrado en la habitación tras Hagrid.
-¡Tú! -gritó, y sacó la mano del bolsillo, pero esta estaba vacía.
-Tu varita está aquí, hijo, -dijo Ted, golpeando ligeramente con ella el brazo de Harry-. Cayó justo a tu lado, yo la recogí… Y es a mi mujer a la que estás gritando.
-Oh, yo… lo siento.
Cuando entró en la habitación, el parecido de la Señora Tonks con su hermana Bellatrix se volvió menos pronunciado. su pelo era de un ligero y suave castaño y sus ojos eran más grandes y más amables. No obstante, parecía un poco arrogante tras la exclamación de Harry.
-¿Qué le ocurrió a nuestra hija? -preguntó-. Hagrid dice que caísteis en una emboscada; ¿dónde está Nymphadora?
-No sé, -dijo Harry-. No sabemos lo que ocurrió con nadie más.
Ella y Ted intercambiaron miradas. Una mezcla de miedo y pesar asaltó a Harry a la vista de sus expresiones; si algunos de los otros había muerto, era culpa suya, todo culpa suya. Había consentido con el plan, les había dado su pelo…
-El Traslador, -dijo, recordándolo todo de repente-. Tenemos que volver a la Madrigera y averiguar… entonces podremos enviarles noticias, o… o lo hará Tonks, una vez…
-Dora estará bien, -dijo Ted-. Conoce su trabajo, ha estado en bastantes situaciones apuradas con los Aurores. El Traslador está aquí. -añadió para Harry-. Se supone que se marcha en tres minutos, si queréis cogerlo.
-Si, lo haremos, -dijo Harry. Agarró su mochila, poniéndosela al hombro-. Yo…
Miró a la Señora Tonks, deseando disculparse por el estado de terror en que la dejaba y del cual se sentía tan terriblemente responsable, pero no se le ocurrió ninguna palabra que no le hiciera parecer hueco e insincero.
-Le diré a Tonks… Dora… que envie noticias, cuando… Gracias por parchearnos, gracias por todo, yo…
Se alegró de abandonar la habitación y seguir a Ted Tonks a los largo del corto pasillo hasta el interior de un dormitorio. Hagrid vino tras ellos, agachándose para evitar golpearse la cabeza con el dintel de la puerta.
-Ahí tienes, hijo. Ese es el Traslador.
El Señor Tonks estaba señalando a un pequeño cepillo bañando en plata posado sobre el vestidor.
-Gracias, -dijo Harry, extendiendo la mano para poner un dedo sobre él, listo para marchar.
-Espera un momento, -dijo Hagrid, mirando alrededor-. ¿Harry, dónde está Hedwig?
-Ella… la alcanzaron, -dijo Harry.
La comprensión le golpeó. Se sintió avergonzado de sí mismo cuando las lágrimas empañaron sus ojos. La lechuza había sido su compañera, su único vínculo con el mundo mágico siempre que se había visto forzado a volver a la casa de los Dursley.
Hagrid extendió una gran mano y le palmeó dolorosamente el hombro.
-No importa, -dijo roncamente-. No importa. Tuvo una buena y larga vida…
-¡Hagrid! -dijo Ted Tonks como advertencia cuando el cepillo resplandeció de un brillante azul, y Hagrid colocó su dedo índice sobre él justo a tiempo.
Con un tirón detrás del ombligo, como si un gancho invisible le arrastrara hacia adelante, Harry fue empujado a la nada, girando incontrolablemente, su dedo pegado al Traslador mientras él y Hagrid se alejaban del Señor Tonks. Segundos después, los pies de Harry golpearon tierra dura y cayó sobre manos y rodillas en el patio de la Madriguera. Oyó gritos. Tirando a un lado el cepillo que ya no brillaba, Harry se puso en pie, tambaleándose ligeramente, y vio a la Señora Weasley y a Ginny corriendo por los escalones de la puerta de atrás mientras Hagrid, que también se había derrumbado al aterrizar, se ponía laboriosamente en pie.
-¿Harry? ¿Eres el auténtico Harry? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están los demás? -gritó la Señora Weasley.
-¿Qué quiere decir? ¿Nadie más ha vuelto? -jadeó Harry.
La respuesta estaba claramente grabada en la cara pálida de la Señora Weasley.
-Los mortifagos estaban esperándonos, -le dijo-. Nos rodearon en el momento en que despegamos… sabían que era esta noche… no sé que pasó con los demás, cuatro de ellos nos persiguieron, y todo lo que pudimos hacer fue huir, y entonces Voldemort dio con nosotros…
Podía oir la nota autojustificativa en su voz, la súplica para que entendiera por qué no sabía qué les había pasado a sus hijos pero…
-Gracias a dios que tú estás bien, -dijo, empujándole a un abrazo del que no se sentía merecedor.
-¿No tendrás algo de brandy, verdad, Molly? -preguntó Hagrid un poco tembloroso-. ¿Por propósitos medicinales?
Podía haberlo convocado con mágica, pero cuando se apresuró a volver a la encorvada casa, Harry supo que quería esconder la cara. Se giró hacia Ginny y ella respondió a su súplica silenciosa de información al instante.
-Ron y Tonks deberían haber vuelto primero, pero perdieron su Traslador, volvió sin ellos, -dijo señalando a una lata de aceite oxidada que descansaba en la tierra cercana-. Y ese, -señaló a una vieja zapatilla deportiva-. debería haber sido el de Papá y Fred, se suponía que serían los segundos. Hagrid y tú erais los terceros, -comprobó su reloj- si lo consiguen, George y Lupin estarán de vuelta en alrededor de un minuto.
La Señora Weasley reapareció llevando una botella de brandy, que ofreció a Hagrid. Él la descorchó y bebió de un trago.
-¡Mamá! -gritó Ginny señalando un punto a varios pies de distancia.
Una luz azul había aparecido en la oscuridad. Se hacía más y más brillante, y Lupin y George aparecieron, girando y después cayendo. Harry supo inmediatamente que algo había ido mal. Lupin estaba sujetando a George, que estaba inconsciente y cuya cara estaba cubierta de sangre.
Harry corrió y agarró las piernas de George. Juntos, él y Lupin llevaron a George a la casa y atravesaron la cocina hasta el salón, donde le tendieron en el sofá. Cuando la luz de la lámpara cayó sobre la cabeza de George, Ginny jadeó y el estómago de Harry se revolvió. Una de las orejas de George había desaparecido. El costado de su cara y cuello estaban empapados de una húmeda y sorprendentemente escarlata sangre.
Tan pronto como la Señora Weasley se inclinó sobre su hijo Lupin agarró a Harry por la parte superior del brazo y le arrastró, no muy gentilmente, de vuelta a la cocina, donde Hagrid todavía estaba intentando pasar por la puerta de atras.
-¡Eh! -dijo Hagrid indignado-. ¡Suéltale! ¡Suélta a Harry!
Lupin le ignoró.
-¿Qué criatura se sentaba en la esquina la primera vez que Harry Potter visitó mi oficina en Hogwarts? -dijo, dando a Harry una pequeña sacudida-. ¡Respóndeme!
-¿Un… un grindylow en un tanque, verdad?
Lupin soltó a Harry y cayó hacia atrás contra un armario de la cocina.
-¿A que ha venido eso? -rugió Hagrid.
-Lo siento, Harry, pero tenía que comprobarlo, -dijo Lupin tensamente-. Hemos sido traicionados. Voldemort sabía que te trasladabamos esta noche y las únicas personas que podían habérselo dicho estaban directamente involucradas en el plan. Podrías haber sido un impostor.
-¿Y por qué no me compruebas a mí? -jadeó Hagrid, todavía luchando con la puerta.
-Tú eres medio gigante, -dijo Lupin, levantando la mirada hacia Hagrid-. La Poción Multijugos está diseñada solo para uso humano.
-Ninguno de los miembros de la Orden le habría dicho a Voldemor que nos movíamos esta noche, -dijo Harry. La idea le resultaba aterradora, no podía creerlo de ninguno de ellos-. Voldemort solo dio conmigo al final, no sabía cual era yo al principio. Si hubiera estado al tanto del plan habría sabido desde el principio que yo era el que estaba con Hagrid.
-¿Voldemort te encontró? -dijo Lupin agudamente-. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo escapaste?
Harry explicó como el mortifago que les perseguí había parecido reconocerle como el auténtico Harry, como habían abandonado la persecución, cómo debían haber convocado a Voldemort, que apareció justo antes de que Hagrid y él alcanzaran el santuario de la casa de los padres de Tonks.
-¿Te reconocieron? ¿Pero cómo? ¿Qué hiciste?
-Yo… -Harry intentó recordar, todo el viaje parecía un borrón de pánico y confusión-. Vi a Stan Shunpike… Ya sabes, el tipo que conducía el Autobus Noctámbulo. E intenté desarmarle en vez de… bueno, él no sabía lo que estaba haciendo, ¿verdad? ¡Debe estar bajo la Maldición Imperius!
Lupin parecía consternado.
-¡Harry, el tiempo de Desarmar ha pasado! ¡Esta gente está intentando capturarte y matarte! ¡Al menos utiliza Desmanium si no estás preparado para matar!
-¡Estabamos a cientos de metros de altura! ¡Stan no era él mismo, y si le hubiera hecho el Encantamiento Aturdidor y hubiera caído, había muerto lo mismo que si hubiera utilizado Avada Kedavra! Expelliarmus me salvó de Voldemort hace dos años, -añadió Harry desafiantemente. Lupin le estaba recordando al burlón Hufflepuff Zacharias Smith, que se había mofado de Harry por querer enseñar al Ejército de Dumbledore como Desarmar.
-Si, Harry, -dijo Lupin con dolorosa contención-. ¡y un gran número de motifagos vieron como ocurrió! Perdóname, pero fue un movimiento muy poco habitual entonces, bajo la inminente amenaza de muerte. ¡Repetirlo esta noche delante de mortifagos que o presenciaron u oyeron hablar de la primera ocasión fue casi un suicidio!
-¿Así que crees que debería haber matado a Stan Shunpike? -dijo Harry furiosamente.
-¡Por supuesto que no, -dijo Lupin- pero los mortifagos… ¡francamente, la mayoría de la gente!… habrían esperado que respondieras al ataque! ¡Expelliarmus es un hechizo útil, Harry, pero los mortifagos parecen creer que es tu firma personal, y te urjo a no dejar que eso ocurra!
Lupin estaba haciendo sentir a Harry como un idiota, y aún así todavía había un grado de desafío en su interior.
-No voy a sacar a la fuerza la gente fuera de mi camino solo porque estén ahí, -dijo Harry-. Eso es cosa de Voldemort.
La réplica de Lupin se perdió. Consiguiendo finalmente atravesar la puerta, Hagrid fue hasta una silla y se sentó; esta se derrumbó bajo él. Ignorando su mezcla de disculpas y juramentos, Harry se dirigió de nuevo a Lupin.
-¿George se recuperará?
Toda la frustración de Lupin con Harry pareció desapareció ante la pregunta.
-Eso creo, aunque no hay forma de reemplazar su oreja, no cuando ha sido arrancada por un maldición.
Se oyeron unos roces fuera. Lupin se lanzó a la puerta trasera, Harry saltó sobre las piernas de Hagrid y entró corriendo en el patio.
Dos figuras habían aparecido en el patio, y mientras Harry corría hacia ellas comprendió que eran Hermione, ahora de vuelta a su apariencia normal, y Kinsgley, ambos aferrados a una percha doblada. Hermione se lanzó a los brazos de Harry, pero Kingsley no mostró ningún placer ante la visión de ninguno de ellos. Sobre el hombro de Hermione Harry le vio alzar su varita y apuntar al pecho de Lupin.
-¡Las últimas palabras que Albus Dumbledore nos dirigió a los dos!
-Harry es la mejor esperanza que tenemos. Confiad en él, -dijo Lupin tranquilamente.
Kingsley giró su varita hacia Harry, pero Lupin dijo,
-¡Es él, lo he comprobado!
-¡Muy bien, muy bien! -dijo Kingsley, metiendo su varita de vuelta bajo su capa-. ¡Pero alguien nos traicionó! ¡Lo sabían, sabían que era esta noche!
-Eso parece, -replicó Lupin- pero aparentemente no sabían que habría siete Harrys.
-¡Menudo alivio! -gruñó Kingsley-. ¿Quién más ha vuelto?
-Solo Harry, Hagrid, George, y yo.
Hermione ahogó un pequeño gemido tras su mano.
-¿Qué os pasó a vosotros? -preguntó Lupin a Kingsley.
-Nos siguieron cinco, herí a dos, puede que matara a uno, -soltó Kingsley- y vimos a Quien-tu-ya-sabes tambien, se unió a la caza a medio camino aunque se desvaneció bastante rápidamente. Remus, puede….
-Volar, -ayudó Harry-. Yo le vi también, vino a por Hagrid y por mí.
-Así que por eso se desvaneció. ¿Pero que le hizo cambiar de objetivo?
-Harry se comportó un poco demasiado amablemente con Stan Shunpike, -dijo Lupin.
-¿Stan? -repitió Hermione-. ¿Pero yo creía que estaba en Azkaban?
Kingsley dejó escapar una risa pesarosa.
-Hermione, obviamente ha habido una fuga en masa que el Ministerio ha encubierto. La capucha de Travers cayó cuando le maldije, se suponía que estaba dentro también. ¿Pero qué te pasó a ti, Remus? ¿Dónde está George?
-Perdió una oreja, -dijo Lupin.
-¿Perdió una.. ? -repitió Hermione con voz aguda.
-Cosa de Snape, -dijo Lupin.
-¿Snape? -gritó Harry-. No dijiste…
-Perdió la capucha durante la persecucion. Sectumsempra siempre fue la especialidad de Snape. Desearía poder decir que le volví el favor, pero todo lo que pude hacer fue mantener a George sobre la escoba después de que resultara herido, estaba perdiendo demasiada sangre.
El silencio cayó entre los cuatro mientras miraban al cielo. No había ningún signo de movimiento, las estrellas estaban fijas, sin parpadear, indiferentes, sin quedar oscurecidas por amigos en vuelo. ¿Dónde estaba Ron? ¿Dónde estaban Fred y el Señor Weasley? ¿Dónde estaban Bill, Fleur, Tonks, Ojoloco, y Mundungus?
-¡Harry, échame una mano! -llamó Hagrid roncamente desde la puerta, en la que estaba atascado de nuevo. Contento de hacer algo, Harry le liberó, atravesó la cocina vacía y volvió al salón, donde la Señora Weasley y Ginny todavía estaban atendiendo a George. La Señora Weasley ya había detenido la hemorragia, y a la luz de la lámpara Harry vio una limpia herida abierta donde había estado la oreja de George.
-¿Cómo está?
La Señora Weasley miró alrededor y dijo.
-No puedo hacerla crecer, no cuando ha sido arrancada con Magia Oscura. Pero podría haber sido mucho peor… Está vivo.
-Si, -dijo Harry-. Gracias a Dios.
-¿He oído a alguien más en el patio? -preguntó Ginny.
-Hermione y Kingsley, -dijo Harry.
-Menos mal, -susurró Ginny. Se miraron el uno al otro. Harry deseaba abrazarla, sujetarla, ni siquiera le importaba mucho que la Señora Weasley estuviera allí, pero antes de poder llevar a cabo el impulso, se produjo un gran estrépito en la cocina.
-¡Probaré quien soy, Kingsley, después de haber visto a mi hijo, ahora apártate de mi camino si sabes lo que te conviene!
Harry nunca antes había oído al Señor Weasley gritar así. Irrumpió en el salón, su calva brillaba por el sudor, sus gafas estaban torcidas, Fred iba justo tras él, ambos pálidos pero ilesos.
-¡Arthur! -sollozó la Señora Weasley-. ¡Oh, gracias a Dios!
-¿Cómo está?
El Señor Weasley cayó de rodillas junto a George. Por primera vez desde que Harry le conocía, Fred parecía haberse quedado sin palabras. Jadeó sobre el respaldo del sofá ante la herida de su gemelo como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
Quizás alterado por el sonido de la llegada de Fred y su padre, George se movió.
-¿Cómo te sientes, Georgie? -susurró la Señora Weasley.
Los dedos de George tanteron el costado de su cabeza.
-Bendecido, -murmuró.
-¿Qué le pasa? -croó Fred, con aspecto aterrado-. ¿Si mente se vio afectada?
-Bendecido, -repitió George, abriendo los ojos y mirando a su hermano-. Ves… Santificado. Agujereado, Fred, ¿verdad? (nota*= juego de palabras holy=santificado y holey=agujereado, suenan de forma muy parecida)
La Señora Weasley sollozó más fuerte que nunca. El color fluyó a la cara pálida de Fred.
-Patético, -dijo a George-. ¡Patético! Con el todo un mundo lleno de humor verbal ante tí, ¿vas y haces que te dejen sin oreja?
-Ah, bueno, -dijo George, sonriendo a su madre bañada en lágrimas-. Ahora al menos podrás distinguirnos, Mamá.
Miró alrededor.
-Hola, Harry… ¿eres Harry, verdad?
-Si, soy yo, -dijo Harry, acercándose al sofá.
-Bueno, al menos conseguimos que llegaras bien, -dijo George-. ¿Por qué no están Ron y Bill rondando mi cama de enfermo?
-No han vuelto aún, George, -dijo la Señora Weasley. La sonrisa de George palideció. Harry miró a Ginny y le hizo señas para que le acompañara a la parte de atrás. Mientras atravesaban la cocina ella dijo en voz baja.
-Ron y Tonks deberían haber vuelto ya. No era un viaje largo. La casa de Tía Muriel no está lejos de aquí.
Harry no dijo nada. Había estado intentando mantener el miedo a raya desde que alcanzara la Madriguera, pero ahora este le envolvía, pareciendo arrastrarse por su piel, latiendo en su pecho, cerrando su garganta. Mientras bajaban los escalones de atrás hasta el oscuro patio, Ginny le cogió la mano.
Kingsley se estaba paseando de acá para allá, mirando al cielo cada vez que giraba. A Harry le recordó a Tío Vernon paseándose por el salón hacía un millón de años. Hagrid, Hermione, y Lupin estaba de pie hombro con hombro, mirando hacia arriba en silencio. Ninguno de ellos miró alrededor cuando Harry y Ginny se unieron a su silenciosa vigilia.
Los minutos se estiraron a lo que bien podrían haber sido años. El más ligero soplo de viento les hacía saltar a todos y girarse hacia el arbusto susurrante o el árbol con la esperanza de que uno de los miembros restantes de la Orden pudiera saltar indemne de entre sus hojas.
Y entonces una escoba se materializó directamente sobre ellos y se acercó a gran velocidad a tierra.
-¡Son ellos! -gritó Hermione.
Tonks aterrizó con un patinazo largo que lanzó tierra y guijarros por todas partes.
-¡Remus! -gritó Tonks mientras se bajaban tambaleante de la escoba hasta los brazos de Lupin. La cara de él estaba seria y blanca. Con aspecto de ser incapaz de hablar, Ron tropezó ofuscadamente hacia Harry y Hermione.
-Estáis bien, -balbuceó, antes de que Hermione se abalanzara sobre él y le abrazara firmemente.
-Creí… creí…
-Estoy bien, -dijo Ron, palmeándole la espalda-. Estoy bien.
-Ron estuvo genial, -dijo Tonks cálidamente, renunciando a su agarre sobre Lupin-. Maravilloso. Aturdió a uno de los mortifagos, directo en la cabeza, y cuando apuntas a un objetivo móvil en una escoba en vuelo…
-¿Lo hiciste? -dijo Hermione, levantando la mirada hacia Ron con los brazos todavía alrededor de su cuello.
-Siempre el tono de sorpresa, -dijo él un poco gruñonamente, liberándose-. ¿Somos los últimos en volver?
-No, -dijo Ginny- todavía esperamos a Bill y Fleur y a Ojoloco y Mundungus. Voy a decirles a Mamá y Papá que estás bien, Ron.
Volvió corriendo dentro.
-¿Que os retuvo? ¿Qué pasó? -Lupin sonaba casi furioso con Tonks.
-Bellatrix, -dijo Tonks-. Me tenía tantas ganas a mí como a Harry, Remus. Intentó con empeño matarme. Desearía haber podido alcanzarla, le debo una a Bellatrix. Pero definitivamente herí a Rodolphus… Entonces llegamos a la Casa de la Tia de Ron y perdimos nuestro Traslador y ella se excitó mucho, preocupada por nosotros…
Un músculo saltaba en la mandíbula de Lupin. Asintió, pero parecía incapaz de decir nada más.
-¿Y que os pasó a vosotros? -preguntó Tonks, volviéndose hacia Harry, Hermione, y Kingsley.
Volvieron a relatar las historias de sus propios viajes, pero todo el tiempo la continua la ausencia de Bill, Fleur, Ojoloco, y Mundungus parecía extenderse sobre ellos como escarcha, su mordisco helado más y más duro e imposible de ignorar.
-Voy a tener que volver a Downing Street, debería haber estado allí hace una hora, -dijo finalmente Kingsley, después de una última mirada al cielo-. Hacedme saber cuando vuelven.
Lupin asintió. Con un saludo a los demás, Kingsley se adentró en la oscuridad hacia la verja. Harry creyó oir el más leve de los pop cuando Kingsley Desapareció justo más allá de los límites de la Madriguera.
El Señor y la Señora Weasley llegaron corriendo por los escalones, con Ginny tras ellos. Ambos padres abrazaron a Ron antes de girarse hacia Lupin y Tonks.
-Gracias, -dijo la Señora Weasley- por nuestros hijos.
-No seas tonta, Molly, -dijo Tonks al instante.
-¿Cómo está George? -preguntó Lupin.
-¿Qué le pasa? -interrumpió Ron.
-Perdió…
Pero el final de la frase de la Señora Weasley se vio ahogado por una exclamación general. Un thestral acababa de entrar volando en el campo de visión y aterrizó a unos pocos metros de ellos. Bill y Fleur se deslizaron de su lomo, azotados por el viento pero ilesos.
-¡Bill! Gracias a Dios, gracias a Dios.
La Señora Weasley se adelantó, pero el abrazo que Bill le dio fue mecánico. Mirando directamente a los ojos de su padre, dijo,
-Ojoloco está muerto.
Nadie habló, nadie se movió. Harry sintió como si algo en su interior estuviera cayendo, cayendo a través de la tierra, abandonándole para siempre.
-Lo vimos, -dijo Bill. Fleur asintió, rastros de lágrimas brillaban en sus mejillas a la luz de la ventana de la cocina-. Ocurrió justo después de que rompieramos el círculo. Ojoloco y Dung estaban cerca de nosotros, se dirigían hacia el norte también. Voldemort… puede volar… fue directamente a por ellos. Dung cedió al pánico, le oí gritar, Ojoloco intentó detenerle, pero Desapareció. La maldición de Voldemort dio a Ojoloco de lleno en la cara, cayó hacia atrás de su escoba y… no hubo nada que pudieramos hacer, nada, teníamos a media docena de ellos a nuestra cola…
La voz de Bill se rompió.
-Por supuesto que no podríais haber hecho nada, -dijo Lupin.
Todos se quedaron de pie mirándose unos a otros. Harry no podía entenderlo del todo. Ojoloco muerto, no podía ser… Ojoloco, tan duro, tan valiente, el consumado superviviente…
Al final pareció calar en todo el mundo, aunque nadie dijo nada, que no había razón para esperar ya en el patio, y en silencio siguieron al Señor y la Señora Weasley de vuelta a la Madriguera, y al salón, donde Fred y George estaban riendo juntos.
-¿Qué pasa? -dijo Fred, estudiando sus caras mientras entraban-. ¿Qué ha pasado? ¿Quién…?
-Ojoloco, -dijo el Señor Weasley-. Muerto.
Las sonrisas de los gemelos se convirtieron en muecas de sorpresa. Nadie parecía saber qué hacer. Tonks estaba llorando silenciosamente en un pañuelo. Había estado muy unida a Ojoloco, Harry sabía que era su favorita, su protegida en el Ministerio de Magia. Hagrid, que se había sentado en el suelo en la esquina donde tenía más espacio, estaba dándose ligeros toques en los ojos con un pañuelo del tamaño de un mantel.
Bill se acercó al aparador y sacó una botella de whisky de fuego y algunos vasos.
-Aquí tenéis, -dijo, y con un ondeo de su varita, envió los doce vasos a volar por la habitación hacia cada uno de ellos, sujetando el número trece en alto.
-Por Ojoloco.
-Por Ojoloco, -dijeron todos, y bebieron.
-Por Ojoloco, -repitió Harry, un poco tarde, con un hipo. El whisky de fuego quemó la garganta de Harry. Pareció arder devolviéndole los sentimientos, disipando el entumecimiento y la sensación de irrealidad llenándole de algo parecido al coraje.
-¿Así que Mundungos desapareció? -dijo Lupin, que había vaciado su propio vaso de un trago.
La atmósfera cambió al momento. Todo el mundo parecía tenso, observando a Lupin, a la vez que deseando que siguiera, le pareció a Harry, y temiendo ligeramente lo que podían oir.
-Sé lo que estás pensando, -dijo Bill- y yo me lo pregunté también, de camino aquí, que parecían estar esperándonos, ¿verdad? Pero Mundungus no puede habernos traicionado. No sabían que habría siete Harry, eso les confundió en el momento en que aparecimos, y por si lo has olvidado, fue Mundungus quien sugirió esa pequeña treta. ¿Por qué no iba a contarle la clave del plan? Creo que Dung cedió al pánico, es tan simple como eso. No quería venir en primer lugar, pero Ojoloco le obligó, y Quien-tú-ya-sabes fue directamente a por ellos. Eso es suficiente como para que cualquiera entre en pánico.
-Quien-tu-ya-sabes actuó exactamente como Ojoloco esperaba de él, -resopló Tonks-. Ojoloco dijo que él esperaría que el auténtico Harry estuviera con el más duro y hábil de los Aurores. Perseguiría a Ojoloco primero, y cuando Mundungus les decepcionara iría a por Kingsley…
-Si, y todo eso está muy bien, -exclamó Fleur, pero todavía no explica como sabían que tgasladabamos a Haggy esta noche, ¿verdad? Alguien debe habegles alegtado. A alguien se le escapó la fecha ante un desconocido. Esa es la única explicación para que supiegan la fecha pero no todo el plan.
Miró a todos alrededor, con rastros de lágrimas todavía grabados en su hermosa cara, desafiando silenciosamente a cualquiera de ellos a contradecirla. Nadie lo hizo. El único sonido que rompía el silencio era los hipidos de Hagrid desde detras de su mantel. Harry miró a Hagrid, que acababa de arriesgar su propia vida por salvar la de Harry… Hagrid, a quien amaba, en quien confiaba, quien una vez había sido engañado y había dado a Voldemort información crucial a cambio de un huevo de dragón…
-No, -dijo Harry en voz alta, y todos le miraron sorprendidos. El whisky de fuego parecía haber amplificado su voz-. Quiero decir… si alguien cometió un error -siguió Harry-, y se le escapó algo, sé que no tenía intención de que así fuera. No es culpa de nadie, -repitió de nuevo un poco más alto de lo que usualmente hubiera hablando-. Tenemos que confiar los unos en los otros. Yo confío en todos vosotros, no creo que nadie en esta habitación me vendiera nunca a Voldemort.
Más silencio siguió a sus palabras. Todos le miraban. Harry se sentía un poco acalorado otra vez, y bebió más whisky por hacer algo. Mientras bebía, pensaba en Ojoloco. Ojoloco siempre se estaba quejando de la tendencia de Dumbledore a confiar en la gente.
-Bien dicho, Harry, -dijo Fred inesperadamente.
-Si, oído, oído, -dijo George con una mirada de reojo a Fred cuya comisura de la boca estaba retorcida.
Lupin mostraba una expresión rara cuando miró a Harry. Era casi de lástima.
-¿Crees que soy un tonto? -exigió Harry.
-No, creo que eres como James, -dijo Lupin- que habría considerado una absoluta deshonra recelar de sus amigos.
Harry sabía adonde quería llegar Lupin: a que su padre había sido traicionado por su amigo Peter Pettigrew. Se sintió irracionalmente furioso. Quería discutir, pero Lupin ya se había alejado de él, dejado su vaso en una mesita, y se dirigía a Bill.
-Hay trabajo que hacer. Puedo pedírselo a Kingsley si…
-No, -dijo Bill al instante-. Yo lo haré, iré.
-¿Qué hacéis? -dijeron Tonks y Fleur juntas.
-El cuerpo de Ojoloco, -dijo Lupin-. Tenemos que recuperarlo.
-¿No puede…? -empezó la Señora Weasley con una mirada invitadora hacia Bill.
-¿Esperar? -dijo Bill-. No a menos que prefieras que los mortifagos se lo lleven.
Nadie habló. Lupin y Bill dijeron adios y salieron.
El resto se dejó caer en sillas, todos excepto Harry, que permaneció de pie. La premura y plenitud de la muerte les acompañaba como una presencia.
-Yo tengo que irme también, -dijo Harry.
Diez pares de ojos sobresaltados le miraron.
-No seas tonto, Harry, -dijo la Señora Weasley-. ¿De qué estás hablando?
-No puedo quedarme aquí.
Se frotó la frente; le picaba de nuevo, no le había dolido así en un año.
-Todos estáis en peligro mientras yo esté aquí. No quiero…
-¡No seas tan tonto! -dijo la Señora Weasley-. El objetido de todo lo de esta noche era traerte aquí a salvo, y gracias a Dios funcionó. Y Fleur ha estado de acuerdo en casarse aquí en vez de en Francia, arreglaremos algo para que podamos quedarnos todos juntos y vigilarte…
Ella no lo entendía; estaba haciéndole sentir peor, no mejor.
-Si Voldemort averigua que estoy aquí…
-¿Pero por qué iba a hacerlo? -preguntó el Señor Weasley.
-Hay una docena de lugares en los que podrías estar ahora, Harry, -dijo el Señor Weasley-. No tiene forma de saber en que casa segura estás.
-¡No es por mí por quien estoy preocupado! -dijo Harry.
-Eso lo sabemos, -dijo el Señor Weasley tranquilamente-, pero haría que nuestros esfuerzos de esta noche parecieran bastante inútiles si te marcharas ahora.
-Tú no vas a ninguna parte, -gruñó Hagrid-. Caray, Harry, ¿después de todo lo que hemos pasado para traerte aquí?
-¿Si, qué hay de mi oreja sangrante? -dijo George, incorporándose en los cojines.
-Lo sé…
-Ojoloco no querría…
-¡LO SÉ! -gritó Harry a pleno pulmón.
Se sentía asediado y chantajeado. ¿Creían que no sabía lo que habían hecho por él, no entendían que era esa era precisamente la razón por la que quería marcharse ahora, antes de que tuvieran que sufrir más por su culpa? Se hizo un largo y torpe silencio en el que su cicatriz continuó picando y latiendo, y que fue roto al fin por la Señora Weasley.
-¿Dónde está Hedwig, Harry? -dijo la Señora Weasley-. Podemos ponerla con Pidwidgeon y darle algo de comer.
Sus entrañas se apretaron como un puño. No podía decirle la verdad. Se bebió lo que quedaba del whisky para evitar responder.
-Espera a que la gente se entere de que lo hiciste de nuevo, Harry, -dijo Hagrid-. !Escapar de él, luchar con él cuando estaba justo encima de nosotros!
-No fui yo, -dijo Harry rotundamente-. Fue mi varita. Mi varita actuó por su cuenta.
Después de unos momentos, Hermione dijo gentilmente,
-Pero eso es imposible, Harry. Quieres decir que hiciste magia sin pretenderlo; reaccionaste instintivamente.
-No, -dijo Harry-. La moto estaba cayendo, yo no podía decir donde estaba Voldemor, pero mi varita giró en mi mano y le encontró y le disparó un hechizo, ni siquiera fue un hechizo que yo reconociera. Nunca antes había hecho que aparecieran llamas doradas.
-Con frecuencia -dijo el Señor Weasley-, cuando estamos en una situación bajo presión podemos producir magia con la que nunca habríamos soñado. Los niños pequeños lo averiguan a menudo, antes de ser entrenados.
-No fue así, -dijo Harry apretando los dientes. Su cicatriz estaba ardiendo. Se sentía furioso y frustrado; odiaba la idea de que todos imaginaran que tenía poder para igualar a Voldemort.
Nadie decía nada. Sabía que no le creían. Ahora que lo pensaba, nunca antes había oído hablar de una varita que hiciera magia por sí misma.
Su cicatriz parecía chamuscar, hizo todo lo que pudo por no gemir en voz alta. Murmurando algo sobre tomar aire fresco, dejó el vaso y abandonó la habitación.
Cuando cruzaba el patio, el gran thestral esquelético levantó la mirada… batiendo sus enormes alas de murciélago, después volvió a su pasto. Harry se detuvo en la verja del jardín, mirando hacia afuera a las plantas demasiado crecidas, frotándose la frente palpitante y pensando en Dumbledore.
Dumbledore le habría creído, lo sabía. Dumbledore habría sabido cómo y por qué la varita de Harry había actuado independientemente, porque Dumbledore siempre tenía respuestas; sabía de varitas, había explicado a Harry la extraña conexión que existía entre su varita y la de Voldemort…. Pero Dumbledore, como Ojoloco, como Sirius, como sus padres, como su pobre lechuza, todos se habían marchado a donde Harry no podría volver a hablar nunca con ellos. Sintió un ardor en la garganta que no tenía nada que ver con el whisky de fuego.
Y entonces, llegado de ninguna parte, el dolor de su cicatriz alcanzó el máximo. Se aferró la frente y cerró los ojos, una voz gritaba dentro de su cabeza.
-¡Me dijiste que el problema se resolvería utilizando otra varita!
Y dentro de su mente explotó la visión de un viejo esquelético yaciendo en harapos sobre un suelo de piedra, gritando, un horrible grito interminable, un grito de insoportable agonía…
-¡No! ¡No! Te lo suplico, te lo suplico…
-¡Mentiste a Lord Voldemort, Ollivander!
-No lo hice… Juro que no lo hice…
-¡Tratabas de ayudar a Potter, de ayudarle a escapar de mí!
-Juro que no… Creía que otra varita funcionaría…
-Explica entonces qué ocurrió. ¡La varita de Lucius fue destruída!
-No puedo entenderlo… La conexión… existe solo… entre vuestras dos varitas…
-¡Mentiras!
-Por favor… te lo suplico…
Y Harry vio a la mano blanca alzar la varita y sintió la ráfaga de cruel rabia, vio el cáscara del viejo revolverse en el suelo retorciéndose de agonía…
-¿Harry?
Desapareció tan rápidamente como había venido. Harry se puso en pie temblando en la oscuridad, aferrado a la verja del jardín, con el corazón acelerado, la cicatriz todavía zumbando. Pasaron varios momentos antes de que comprendiera que Ron y Hermione estaban a su lado.
-Harry, vuelve a entrar en casa, -susurró Hermione-. ¿Todavía estás pensando en marcharte?
-Si, tienes que quedarte, colega, -dijo Ron, aporreando a Harry en la espalda.
-¿Estás bien? -preguntó Hermione, lo suficiente cerca ahora para mirar a Harry a la cara-. ¡Tienes un aspecto horrible!
-Bueno, -dijo Harry temblorosamente- Probablemente mejor que el de Ollivander…
Cuando terminó de contarles lo que había visto, Ron parecía consternado, pero Hermione categóricamente aterrorizada.
-¡Pero se suponía que había parado! Tu cicatriz… ¡se suponía que ya no hacía esto! No debes dejar que la conexión se abra de nuevo… ¡Dumbledore quería que cerraras tu mente!
Cuando él no replicó, le aferró el brazo.
-¡Harry, está tomando el Ministerio y los periódicos y la mitad del mundo mágico! ¡No dejes que se meta en tu cabeza también!

 
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